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Straub-Kiarostami en Cinquera.

Hay una noción que acuñó el antropólogo S. Tyler a mediados de los 80´con la cual intentaba desarticular el discurso cientificista de la disciplina, argumentando que ésta podía emancipar a la etnografía de la mímesis y del “inadecuado modo de retórica científica que implica objetos, hechos, descripciones, inducciones, generalizaciones, verificación, experimento, verdad y conceptos similares que no tienen paralelo ni en la experiencia etnográfica ni en la escritura de monografías de campo”; esta noción era el evocar. Hay una cuestión que los antropólogos han sabido desde siempre aunque rara vez se ha visto explicitado en sus reseñas, en sus informes, en sus libros: que ellos trafican con interpretaciones de distinto grado, que sólo una “nativo” puede esgrimir una interpretación de primer grado (está interpretando hechos de su propia cultura) y que todas las demás, empezando por la del propio etnográfo que está trabajando en el lugar, y la de otros que se sirven de éstas para producir estudios similares, son de segundo y tercer orden; esta cuestión es insoslayable.

¿Qué hace Huezo en su ópera prima?: evoca, o mejor, hace evocar. ¿Y qué hace con esta evocación, con este discurso que no le pertenece, o le pertenece sólo a medias?: lo interpreta, o mejor, lo pone en imágenes, lo inscribe. Esto no significa convertir al film en un estudio antropológico acerca de las coordenadas culturales de los “otros”, en un informe etnográfico con respecto a la conducta de los habitantes de un pequeño poblado o, en el peor de los casos, en una visita guiada hacia los ocultos rincones de una memoria colectiva. No hay nada más inocente o peligroso o irresponsable que asimilar, sin embagues, el cine a una disciplina académicamente establecida tan sólo porque nacieron más o menos al mismo tiempo y trabajan más o menos con los mismos materiales. O convertirlo en un panfleto, en un ejemplo, en una diatriba, en “otra” cosa -aunque no se sepa muy bien que es.
Lo que convierte en singular al film de Huezo, lo que lo aparta de una ivestigación catedrática, de una invectiva partidaria, o de un documental memorioso, es la forma que adquiere aquél evocar: una disyunción categorial entre lo que se dice y lo que se ve: porque mientras el discurso pertenece al pasado -a uno inmediato, terrible, devastador- las imágenes corresponden al presente, aunque esté informado por aquél; porque es en la reapropiación de un lugar, en la cotidianeidad ordinaria, en el contrapunto del entorno natural con el espacio habitado efectivamente, en el que la memoria sobrevuela, donde hay que buscar, donde se ve, los vestigios , lo que ha quedado, de una historia que no nos es desconocida pero que tampoco es totalmente equiparable a la nuestra; ni a cualquiera que haya ocurrido en esta parte del mundo. Lo que sucedió -y aún sucede bajo otras coordenadas- fue en una época determinada, en un lugar preciso, y aunque se lo pueda enmarcar en un contexto global latinoamericano, hay aquí una particularidad que no debe evitarse, salvo que se la quiera difuminar en un continuo pan-histórico al servicio de la politiquería. Estamos en Cinquera, una pequeña población de El Salvador, con nombres y rostros reconocibles, que traen al presente los nombres y los rostros de un pasado aún no reconocido como tal, sin olvido, sin perdón, “no reconciliados”. Y cuando esto se conjuga, cuando el discurso oral corresponde exactamente con el discurso filmico, con la imagen, cuando se entra a esa cueva en la ladera de la montaña, que alguna vez fue un refugio para una situación imposible, el resultado es -por ponerlo en términos indubitables- arrollador. Y se comprende muy bien el porqué de esta disociación que se opera a lo largo de todo el film, esto es no sólo lo que le permite respirar, sino también lo que posibilita instalar, aunque más no sea ensoñadoramente, ausencias definitivas en permanencias efectivas. Y perseverar. A pesar del dolor, del horizonte que falta, de los que faltan, a pesar de todo algo prosigue; la lluvia es benéfica, se trabaja, se educa, se pare, se imagina, se recuerda…y se filma; porque allí, en Cinquera aún se pertenece “y la vida continúa”.
No es casual que el film culmine con el plano de una luz diminuta, furtiva, en la oscuridad total de una noche selvática; el horror, las tinieblas del horror lo cubrieron todo o casi todo. En ese casi se encuentran los que ya nunca estarán, los que aún son y, tal vez, los que podrán ser. No hay lugares pequeños. Al menos no en el cine.

 

 

Tabu

 

1- Tabú, de Miguel Gomes, Portugal, 2011.

2- Figuras de la guerra, de Sylvain George, Francia, 2011.

3- Post tenebras Lux, de Carlos Reygadas, México, 2012.

4- In another country, de Hong Sang- soo, Corea, 2012.

5- 4:44 El último Día en la Tierra, de Abel Ferrara, Estados Unidos, 2012.

6- Vida sin principios, de Johnnie Too, Hong Kong, 2011.

7-  Un método peligroso, de David Cronenberg, Reino Unido-Canadá-Suiza-Alemania, 2011.

8- El caballo de Turín, de Béla Tarr, Hungría, 2011.

9- The deep blue sea, de Terence Davies, ReinoUndio, 2011

10- Buenas noches, España, de Raya Martin, España-Filipinas, 2011.

 

 Fernando Pujato.

mapa italia

Siempre ha sido un tanto problemático vivir en el sur. No sólo en éste al que, de alguna u otra manera, estamos habituados, sino también en aquellas latitudes que se piensan -pero no muchas veces se ven- como más cerca de la modernidad o incluso un tanto más allá, vaya a saber dónde y, sobre todo, de qué manera. Y es problemático filmarlo también, aunque hay algunos empeñados por estos días, como David Gordon Green en los márgenes de la Industria pero industria al fin, en hacernos ver que las cosas no sólo no han cambiado espectacularmente sino que parecen haberse detenido en alguna estación de la marcha hacia esa una tanto esquiva, un tanto falaz y, como no podía ser de otra manera, decimonónica idea llamada progreso. O como seguir engañando a los que aún esperan no ser engañados.

¿Y qué ocurre al otro lado del Atlántico, en esa cinematografía que implosionó en el siglo pasado, a la cual Jean- Luc Godard le dedica quizá la parte más conmovedora de Historias(s) del cine y sobre la cual Serge Daney decía que, al menos, estaba Morettti, nuestro hombre en Italia?: han ocurrido muchas cosas, por supuesto. El neorrealismo fue algo así como una estrella fugaz que nos ha dejado un puñado de grandes films, conocimos a los hermanos Taviani que pareciera van rumbo a un Oscar con su último film César debe morir, aunque esto, por supuesto, no tenga nada que ver con la calidad de su obra, conocimos a Bellocchio que sigue filmando como si la eternidad estuviese de su lado, Moretti continúa batallando con parte de la historia de Italia y su propia historia, Sorrentino ha puesto un pie en Hollywood y cuando esto ocurre nunca se sabe qué deriva puede tomar la carrera de un director de cine y ¿algo más?,  bueno…, algún que otro film atendible como Le quattro volte y ¿algo más?, ¿alguna otra cosa para entusiasmarse como con Gomorra?, ¿alguna otra noticia desde aquél sur? Al parecer sí, al parecer hay correspondencia fílmica que nos ha llegado de un lugar tan caro al sentimiento argentino por ese juego tan banal y maravilloso que se llama fútbol y ese otro lugar donde culmina, finalmente, sobrevalorada o no, la saga de Coppola acerca de una idea que hoy ya no tiene más carta de ciudadanía.

marra 2

 Cualquiera que haya estado en Nápoles, u oído de ella, o tenga un poco de imaginación sabe que la panorámica que inicia y culmina Vento di Terra, ese lugar que fue el Reino de las dos Sicilias hasta el siglo XIX, es hoy una de las zonas más pobres, marginales y conflictivas de la penísula, olvidada por todos los gobiernos y sometida, como no podía ser de otra manera, al milagro berlusconiano de las últimas décadas.  No en vano el último plano se abre hacia esa ciudad luego de la toma de Vicenzo mirando el documento que dice, precisamente, República de Italia, un círculo que se cierra frente a una realidad que ha cambiado, sino tan visiblemente, al menos sí profundamente. Ese el mundo que Marra filma, aquél que sospechamos no uniforme, con gente que ha perdido su precario empleo, o su empleo sin más, que busca desesperadamente uno, que migra para encontrarlo, que delinque al no encontrarlo. Un retrato acerca de un estado social a través de sus individualidades públicas y un correlato entre puntuales espacios interiores y exteriores que dan cuenta, al mismo tiempo, de la soledad personal y la compañía social. No es otra cosa lo que vemos cuando Vicenzo, en Milán, cruza una desierta cancha de fútbol para dirigirse a un departamento también desierto, o el desfile de botas en el patio y el sicótico ir y venir por las escaleras durante la instrucción, lo que a Kubrik en Born to kill le llevó media película -pero allí los “cobardes” se suicidan- Marra lo logra en un par de escenas que dan cuenta realmente de la vejación y la angustia lacerante de ser tratado como alguien que no merece el menor trato, un no-otro, él mismo que pide un préstamo dentro de un banco y, acto seguido, está sentado en el banco de una plaza donde un gesto, casi imperceptible, nos informa que no se lo han otorgado, no es otra cosa también la escena donde la hermana le relata, en la cocina, el incidente con el tío por lo que Vicenzo sale de la casa descargando su ira en esos ¿porqués? que no encuentran ninguna respuesta porque acaso aquellos sobrepasan infinitamente a éstas. A cada escena interior le corresponde una exterior y viceversa, el dentro y el afuera, el arriba y el abajo, dando cuenta de las asimetrías societarias y sociales, una vista de la soledades y de las compañías, de las ilusiones y de los desencantos, del egoísmo y de la solidaridad. Acaso un film ¿neo-estructuralista? ¿neo-neorrelista?, probablemente no un documental ficcional ni una ficción documentalizada, seguramente un film político, inevitablemente un film con sensibilidad, y tal vez por ello Marra apela a los afectos familiares y personales, quizás el último reducto de un sistema estructural y de un horizonte societario que presume en haber terminado de cerrar su círculo en torno al no future -pero para algunos, claro está. Aunque para esos algunos lo círculos podrían ser  sólo una figura geométrica más.

garrone

Donde no hay círculos, ni dirección posible, ni relato estructurado y, ni tan siquiera, la búsqueda de un ítem aglutinante para salvaguardar una situación que excede cualquier posibilidad de alterar aquello que se ha puesto en marcha, irremediable y trágicamente, es en L´imbalsamatore de Mateo Garrone, aquél director que puso en escena, con Gomorra, la versión mundana, prosaica, y exenta de cualquier atisbo de romanticismo de la mafia napolitana. Aquí sólo hay un par de escenas de ella, el reclamo de esas deudas que nunca pueden ser saldadas, el encargo de esos trabajos que siempre deben ser terminados, la sensación de que su alcance parecer ser ilimitado, pero el film va para otro lado, centrado en un personaje que recuerda un tanto al de El amigo de la familia, de Sorrentino, por su aura excéntrica y un tanto trágica, por su absoluta y no deseada soledad, porque persigue obstinadamente aquello que desea. Solo que aquello que desea no es dinero, o mejor, el poder que puede detentar por medio de él aun sabiendo que no todo se puede comprar, aquello que desea es no tanto ese cuerpo joven y esbelto que él no tiene, no tanto esa juventud por dilapidar, sino algo un tanto más sencillo y complicado de adquirir por fuera de la mundana materialidad de lo que sea, y se denomine como se denomine a ese deseo de sentir, genuinamente, que no se está solo en ese mundo de cadáveres por restaurar, un mundo de muerte que se pretende mostrar ilusoriamente, como si ésta existiera en otro lugar, en otro tiempo, en otro estado. El revés de ese mundo embalsamado, quieto, prolijo, ascético es, por supuesto, el espacio de una ciudad al borde del mar coronada por esos edificios amarillentos atestados de departamentos, por un viaje cercano a otra ciudad plana , chata, casi sin color, por el deambular nocturno en calles empedradas de gris, en bares de colores chillones, en hoteles baratos, en departamentos oscuros, y en un encuentro amoroso que promete ser algo más que eso, que liquida, definitivamente, el sueño mundano de Peppino, su apuesta por un amor correspondido. De allí en más el film se convierte en una huida no tanto desesperada pero sí en un intento por clausurar una insinuación que ya ha dejado de serlo, y en una persecución no tanto al borde del delirio como si de frente a una muerte que podría ser, que será. Y de allí en más también, Garrone no sólo no cierra el registro como para conducir visualmente la asfixia de sus personajes, sino que mantiene a éstos en esa puesta que balancea la asfixia del adentro y la angustia del afuera, a la manera de Wenders en Tan extraño como el paraíso, las referencias de cualquier tipo que sean -si es que alguna vez existieron- se han perdido, ya no queda nada, ni tan siquiera resguardar aquello que alguna vez fue una fantasía o guarecer aquello que alguna vez fue una realidad. Ya no queda nada por embalsamar en ese mundo sin salida.

crialese

Que no es, seguramente, el que pone en escena Crialese, un tanto más al sur, en las áridas montañas sicilianas, en esa panorámica satelital de dos diminutas figuras ascendiendo hacia una pregunta celestial y en ese registro un tanto más terreno de dos figuras consultando algo mucho más concreto, y las respuestas llegan, en forma de señales que se conectan por medio de esas figuras que, ahora, ya saben lo que se debe hacer: partir. Partir hacia esa America de promesas matrimoniales, de fotos trucadas con cebollas y zanahorias de tamaños desproporcionados, y con la certeza de que, después de todo, no ha de ser tan difícil encontrar a un hermano gemelo en la ciudad de New York, vendiendo lo poco que se tiene -y realmente se tiene muy poco-  a un pastor que resulta ser el cura del pueblo que guarda las ropas de los difuntos ilustres porque alguien, probablemente, las necesitará en algún futuro, en ese futuro que ha llegado para esos personajes que, ya sabemos, no esperaban nada de él, salvo poder instalar una fantasía, un ilusión, una vida diferente, una otra vida más allá de ese océano que se imagina como casi infinito, a una distancia difícil de imaginar, a un tiempo imposible de calcular. ¿Quién puede pensar todo esto en el centro de una tierra yerma, de roquedales milenarios, de cabras y ovejas y pies descalzos y casas de piedra?: tal vez, tan sólo, los desesperados. Aquellos que antes de abordar un barco  pasan por absurdas preguntas y por requisas inexistentes, aquellos que en el medio de una marea humana intentan permanecer juntos, en ese plano general picado que pocas veces hemos visto en el cine, en esa confusión de dialectos, en ese encuentro por conveniencia y por amor, en ese registro que se cierra debajo de la cubierta y se abre un tanto cuando se pasea por ella. En ese llegada bajo la niebla y en esa requisa distinta, ascética, conclusiva, porque no todos pueden, ni deben, ingresar al sueño americano, no todos están en condiciones de hacerlo, no todos pueden completar los formularios y contestar las preguntas y culminar exitosamente los test, ni tan siquiera, no todos pueden leer y escribir, aunque si conocer, por primera y quizá última vez, a la mujer o al hombre que se ha prometido para habitar, finalmente, esta tierra tan prometida. ¿Algunas de estas cosas las sabíamos?, puede ser, ¿algunas las imaginábamos?, puede ser también, seguramente hemos visto, aquí o allá, algo de todo esto, pero probablemente no en forma de comedia, esto que es, en definitiva, el film de Crialese. La comedia de ese Nuovo Mondo que nunca vemos realmente, o sí, en ese mar de leche donde nadan todos esos personajes que nunca son abandonados a un destino cruel, o abandonados sin más, en ese plano final que se aleja suavemente hasta que sólo vemos pequeñas figuras que parecen volar. Parecen, es sólo, y tanto como esto, el sueño de esta otra vida.

Fernando Pujato.

Ser cineasta

 Si podemos contarlo, ¿por qué  no podemos rodarlo?  JafarPanahi

 

El cineasta iraní Jafar Panahi se encuentra bajo arresto domiciliario en espera de que el Tribunal Supremo de Irán confirme una sentencia de seis años de prisión, prohibición de filmar durante veinte años, prohibición de salir del país durante veinte años, prohibición de conceder entrevistas durante veinte años, seguramente prohibición de algo más, el delito que se le imputa es “actuar contra la seguridad nacional y hacer propaganda contra el régimen”. Suficiente con esto, aunque algunos políticos de esta y otra parte del mundo y sus seguidores adhieran al régimen de Mahmud Ahmadineyad y todos esos discursos vacíos acerca de la autonomía de tal o cual decisión política de tal o cual país, ya hemos visto, al menos, El último bolchevique, de Crhis Marker, y La felicidad, de Alexander Medvedkin, es suficiente con esto. Porque no es esa omnívora, confusa, y un tanto cómoda entidad denominada Orientalismo la que está detrás de esta prohibición, hasta el advenimiento del nuevo régimen Abbas Kiarostami, Mohsen Makhmalbaf,  Raffi Pits, Mohamad Raosulof (a quien ya se le ha levantado la restricción) y varios más que no conocemos aún filmaban en Irán -ya no más- como el documentalista que Panahi llama por teléfono y que filma la mayor parte de esto que no debería ser un film pero que resulta un documento tan conmovedor como el que pone en escena Pedro Costa sobre el matrimonio Huillet – Straub en Dónde yace la sonrisa escondida?, sólo que en este caso se trabaja con un material no filmado, con el último guión de aquél último film que Panahi no puede filmar pero que adivinamos a través de toda esa puesta en escena sobre la alfombra de una amplia habitación que deviene en un pequeño dormitorio cercado por cintas amarillas que hacen las veces de escalera y de puerta de acceso, de un almohadón que se convierte en una cama, de una silla semejando una ventana que mira hacia una callejuela donde está parado un joven del cual la chica que no puede viajar a Teherán para estudiar porque sus padres se lo prohíben termina por enamorarse, o algo por el estilo, piensa en suicidarse, se rapa la cabeza, conversa con su hermana que nunca vemos a través  de una puerta cerrada, y el plano desde la ventana dura tantos segundos, y cuando la chica rompe el teléfono la cámara debe estar en tal posición, al igual que la toma de las sogas preparadas para el supuesto suicidio debe descender desde éstas hacia la silla y ¿acaso esto no es un film?. ¿No lo es cuando Panahi muestra en su televisor una escena de El espejo y una de Crimson Gold hablando acerca de las actuaciones de los “no” actores y que es ese factor imprevisible el que muchas veces dirige la escena, y también una de El círculo explicando porque el  espacio es el que realmente importa y no tanto el trabajo de la protagonista?  No es necesario responder a esto. ¿No lo es tampoco cuando escuchamos la noticia de que las autoridades consideran que los fuegos artificiales de los miércoles -el título del film de Farhadi que ganó el último Oscar por La separación y que no dijo una sola palabra sobre la situación de sus colegas en su país- son una fiesta impía mientras desde el amplio ventanal vemos esos fuegos? Tampoco es necesario responder ¿No lo es, finalmente, cuando Panahi toma su celular y comienza a filmar a un joven encargado provisoriamente de retirar las bolsas de basura de los departamentos, el mismo que estudia en la Universidad, que trabaja de cualquier cosa para mantener sus estudios, y que intuye –casi una certeza-  que pese a obtener un master no pueda conseguir un trabajo estable como investigador, en ese plano secuencia que arranca desde el ascensor en el octavo piso y culmina en la entrada de la puerta de ese afuera encendido por los fuegos prohibidos al que Panahi no puede acceder? Menos aún responder a esto. Hay un iguana muy simpática, un perro malhumorado, un “no sé nada de técnica”, y un furioso deseo de filmar, de seguir filmando, una pequeña porción de esa realidad en la que viven los que no pueden acceder más que a un vivir, en el irónico título del que es, hasta ahora, el último film de Jafar Panahi, su rabioso documento fílmico en primera persona. Tal vez tan sólo sea aquello que conocemos como política del cine. Tal vez tanto como esto.

Fernando Pujato.

Mark Twain o el absurdo de la guerra

¿Qué se puede mostrar sobre una guerra?, ¿sobre la guerra de Irak en este caso? Se pueden mostrar muchas cosas, por supuesto, y el problema no es tanto ese mostrar sino el cómo, el de qué manera, más allá si se lo plantea en forma de documental o de ficción, un tanto más allá del lugar desde donde se realiza el film porque, ya lo sabemos, las imágenes no siempre producen el efecto deseado por su hacedor y por  la maquinaria de todo tipo que se mueve detrás y delante de un film e incluso, ya lo sabemos también merced a la web, es difícil por estos días que ostenten un título de irrevocable propiedad autorial aunque no hay manera, nunca la habrá, de evadirse de la firma, o de la responsabilidad fílmica, por utilizar una expresión un tanto más alejada de la literatura, un tanto más cercana al cine. Hemos visto, aquí y allá, alguna cosa del tipo Valor bajo fuego, de Edward Zwick, o como convertir en héroe de guerra a una bella comediante, La batalla de Hadiza, de Nich Broomfield, o como seguir justificando el ideario de los marines, The hurt Locker, de Kathryn Bigelow, que pese a unos flashbacks familiares espantosos y su final patriotero, al menos nos sumerge en la desesperación y la asfixia, literalmente, de lo que significa pelear contra una tiranía que se desconoce y por la libertad de un otro a quien se desconoce menos aún y que nunca vemos, claro está; hay otros films. Y de repente, casi como escondido por su formato y por fuera de las condiciones de producción  de cualquier Industria, Mauro Andrizzi pone en escena lo que, probablemente, sea lo más importante o interesante o novedoso, que se debe mostrar acerca de un conflicto que no sólo no ha concluido definitivamente todavía, sino que es cada vez más más difícil de focalizar en un lugar determinado, con enemigos y amigos aún más difíciles de precisar categorialmente, una estela de odio, fanatismo religioso, convicciones imperialistas, negocios públicos y privados y, por sobre cualquier otra consideración, el deseo profundo, inconsciente o no, de que el  otro siempre exista, plano-contraplano de una relación asimétrica pero absolutamente necesaria para cualquiera de las partes que se arrogan el derecho de poseer la verdad, o la iluminación, que viene a ser casi lo mismo. Esto es Iraqui short films, la puesta en escena de una idea excluyente de cómo se debe vivir en este mundo, entre el absurdo de unos soldados ingleses bailando al ritmo de Tony Christie, un largo y disparatado travelling en la pausa de una guerra, y la lógica de unos combatientes musulmanes filmando un vehículo destrozado por una mina casera, un largo plano fijo donde se puede leer La oración del guerrero, de Mark Twain, en el centro de una guerra. Estas son las imágenes del film de Mauro Andrizi que, para decirlo pronta y finalmente, no es una discusión acerca de su pertenencia sino acerca de su significado, de lo que ellas vehiculan. Nada menos que una consulta activa de este siglo que recién comienza.

Fernando Pujato

El código de Panther

 Los films acerca de las crisis locales o mundiales, ahora que pareciera, efectivamente,  que nada ni nadie puede escapar a los efectos de esa entelequia llamada mercado, difícilmente puedan mantener, con el paso del tiempo, en esa suerte de repentización fílmica, la idea de que estamos asistiendo a un momento que cambiará, de una vez y para siempre, la vida de un número indeterminado de personas. Los podemos ver nuevamente, consultarlos históricamente, compararlos con la sobreabundancia de información que tenemos con respecto a, pongamos por caso emblemático, la crisis del 29´en Norteamérica, podemos incluso -y esto quizá sea más placentero- recordar Tiempos modernos o Sucedió una noche, podemos rastrear en la memoria escenas y planos, incluso indignarnos un poco con la fantochada de Wall Stret, pero es poco probable que encontremos “el” film sobre la crisis financiera global, es un poco como encontrar “el” film sobre la Primera o la Segunda Guerra Mundial o el de la de la Historia de la Humanidad que, para el caso, es más o menos lo mismo.

Pero está Vida sin principios, que bien podría ser una excusa juguetona para mostrar el efecto de una crisis reciente, la de Grecia, sobre algunos personajes que están involucrados directamente en el circuito financiero, otros que lo están sólo indirectamente, y otros que no lo están en absoluto, y mostrar cómo se las arreglan, directa e indirectamente, conciente o inconcientemente, para escapar de esa situación, o cómo tratan de hacerlo cuando saben que ya no hay escapatoria posible, o cómo les pasa de lado sin que ellos siquiera adviertan que un mundo se está desplomando. Podría ser también otro tipo de juego, presentarnos una joven y bella empleada de banco a la cual no le va muy bien en su trabajo, presionada para elevar su rendimiento al máximo porque sus compañeros rinden lo que deben rendir en la empresa que cobija sus inciertos presentes, sabe que está engañando a sus potenciales clientes ofertándoles un paquete de acciones que sabe son absolutamente riesgosas pero también sabe que si no lo hace será despedida, una suerte de encrucijada moral allí donde esa palabra no existe, un no tan joven inspector de policía al cual le va muy bien en su trabajo lo cual quiere decir que resuelve un asesinato, salva a un anciano que ha trabajado toda su vida de todo pero vive en una miserable pensión y quiere quitarse la vida con una garrafa de gas y un encendedor, pero no tan bien en su matrimonio, lo cual quiere decir no sólo que está casado sino que no tiene tiempo siquiera para ponerse de acuerdo con su esposa en la compra de un departamento y decidir si debe adoptar a una pequeña hermana que recién aparece en su vida, y una suerte de hampón caricaturesco al cual no le va bien ni mal, recolecta los obsequios de cumpleaños de su jefe sin quedarse con un centavo, junta dinero para sacar de la cárcel, una y otra vez, a su “hermano juramentado”, y se inmiscuye en apuestas de la bolsa sin tener la más mínima idea de qué se trata todo eso sólo para salvar a otro amigo, un poco a la manera de los personajes de Tres Padrinos, de John Ford, él hace lo que se debe hacer sin pensar demasiado, sin pensar en absoluto, qué puede ocurrir en ese hacer. Sí, podría ser esto lo que ocurre en el film de To, pero no precisamente en su superficie, un paneo por sobre algunas dificultosas situaciones individuales de alguna otra situación dificultosa un tanto más general, una muestra del delirio colectivo que puede desatar ese otro delirio bursátil global, la vista de una irremediable decadencia bancaria, de un mafia casi barrial y poco creíble, de una institución policial poco menos que impoluta, porque esto es lo que se desprende del film, aquello que podemos inferir, equivocadamente o no, de lo que les acaece a sus personajes que, ya lo sabemos, es un film de To, no serán maltratados, ni utilizados, ni juzgados, en pos de demostrar que se sabe filmar o contar una historia o ambas cosas a la vez. Porque Vida sin principios es, en definitiva, un código, no sólo el de Panther, el único quizá que mantiene sus principios contra todo y contra todos, él único al que no le interesa ni el dinero en sí mismo, ni un trabajo legal, ni cumplir con un mandato institucional, sino tan solo mantener la palabra empeñada, sin preguntar por qué se la debe mantener, sin preguntarse por qué esto es así, sino también un código cinematográfico que muy pocos directores poseen en la actualidad, un tanto cercano al cine clásico porque pareciera que una mano invisible digita toda la puesta en escena y un tanto cercano también al cine moderno, no tanto por esa andanada de flashfowards anticipatorios, o esos magistrales primeros treinta minutos donde el deseo circula en un espacio absolutamente cerrado, o en la alternancia de situaciones y personajes que no sabemos si se encontrarán en algún momento, de qué manera y cómo, sino porque instala, de principio a fin, ese sentimiento, o esa sensación, de cambio permanente, de mutación, de personajes envueltos en un torbellino que no les pertenece, un boomerang sin retorno, un mundo hacia otra deriva. Cuando Panther cruza de noche esa cualquier avenida de Hong Kong repleta de gente, con un cigarro en la boca y una sonrisa en los labios, sabemos que aún se puede filmar un precioso instante de felicidad.

Fernando Pujato.

 

 

Una tormenta poética

Retazos. Retazos de una memoria (la mía) buscando trémulamente en las imágenes memoriosas de un otro siglo, a través del cine, de una vida dentro del cine.
Y es que es difícil: Meliés vía China, la reforma agraria en un estrado, la revolución cultural en un coro, el futuro deslumbrante en una escena. Pero también el pasado un tanto más lejano, en esas increíbles panorámicas de la invasión japonesa, de la vista aérea de la Gran Muralla, en blanco y negro, en aquél 1938 cuando Ivens tenía más o menos cuarenta años y filmaba lo que hoy es tan sólo un recuerdo, el suyo, y un descubrimiento, el nuestro, en un formato crudo, del color de esa tierra. La guerra es cruda.
Casi al final de su existencia, la porfía de un anciano por filmar el viento parece una excusa juguetona, una estrafalaria conducta, un símil disfraz, como el arlequín mono que retoza en el film, para mostrar, seguir mostrando, que el cine es un artificio, que se puede hacer cualquier cosa con él, que es necesario hacer muchas cosas por él. Negociar con burócratas durante días por la posición de una cámara, comprar estatuillas para remedar un ejército, sentarse en una silla en el medio del desierto, solo, esperando un viento, una tempestad, algo que borre la faz de la tierra, trocar máscaras por celuloide, jugar con la arqueología-cine, con la etnografía-cine. Jugar con él. Jugar junto a él.
No debe haber muchos films -y nunca serán suficientes- con una carga poética tan imaginativa, tan excéntrica, tan poderosa. Ni muchas ascenciones más conmovedoras: la de una fragilidad llevada en andas hasta el techo del cielo, tratando de capturar, de momificar bazinianamente, no ya el paso del tiempo sino aquello que lo transporta. No importa en absoluto si Ivens, si sus planos, si este cuento, es acerca del viento, o de la China, o acaso de sí mismo. La poesía es su forma.

Fernando Pujato

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