
“Comprender el pasado a través del presente, y el presente a través del pasado”.
Marc Bloch
Se ha escrito mucho, contemporáneamente, acerca de la conquista de América por parte de las (otrora) orgullosas potencias europeas. Desde las Ciencias Sociales en general – y un tanto más específicamente desde la Historia y la Antropología – se han emprendido toda una gama de investigaciones que van desde las motivaciones ideológicas (políticas, militares, religiosas) y económicas que sustentaron, y precipitaron el arribo de los conquistadores-colonizadores a esta parte del mundo, como así también el impacto (en cualquier nivel socio-cultural con que se lo mida) que significó tal cuestión para los continentes involucrados en ella: América, Europa, África en alguna medida, Asia en menor medida.
Mucho, también, se ha producido desde las “artes” en general. La literatura, la poesía, el teatro, la música, la pintura, han retomado el tema, una y otra vez, poniendo el énfasis quizá en las mismas cuestiones que las disciplinas científicas, pero por supuesto, desde otros lugares, con distintos tonos y colores, con diferentes matices y actuaciones. La vastedad de todo esto no garantiza, por sí misma, que los resultados hayan sido, y sean, imaginativos, profundos, veraces, confiables. Pero al menos se lo intenta.
Muy poco es lo que se ha filmado, y no sólo contemporáneamente. Si dejamos a un lado el western (eso es ya otra cuestión), apenas un puñado de películas tratando de apropiarse de un tema que pareciera ser patrimonio casi exclusivo de otros ámbitos de la imagen. Tal vez debido a que muy poco cineastas están verdaderamente preocupados por la Historia, o a que muchos de ellos ya no están interesados por ella, o tal vez, simplemente, porque la gran mayoría desconoce el significado de esta palabra.
Y no es el caso de tener que lidiar con el gigantismo de la conquista a ambos lados del océano: algo que se puede ver claramente en 1492,La conquista del paraíso (1992) de Ridley Scott; tampoco se trata de descender al delirio mesiánico de una agónica travesía: ya lo filmó Werner Herzog en Aguirre,la ira de Dios (1972); y mucho menos de celebrar la muerte heroica y teológicamente, saturando los planos con cruces solidarias y cruentas espadas: ya lo vimos (ya no más) en La Misión (1986) de Roland Joffé.
No hay lugar a dudas de que el cineasta portugués Manuel de Oliveira está, genuinamente, preocupado por la Historia; aún sin saber nada de él, aún sin haber visto ninguno de sus 37 films, Palabra y utopía nos lo muestra, claramente. Pero, ¿porqué la Historia, con H mayúscula, permea íntegramente el film de Oliveira? ¿Qué es aquello que podemos ver en él ?, y lo más importante ¿de qué manera, cuáles son las elecciones formales que nos permiten acceder a esta (su) preocupación ? Porque aún cuando el film recorra más de medio siglo de la vida activa del sacerdote jesuita Antonio Vieira, aquello que lo estructura, en términos narrativos, excede una gesta individual y nos sitúa en el (contra) discurso de la justificación de la conquista. Y también un tanto más allá de esto.
Los sermones (ponencias sería la palabra correcta, porque eso es lo que son) acerca del insoslayable aprendizaje de las lenguas nativas, y el de la vejez como un estado realizativo en la vida de una persona, si bien están dirigidos, en buena medida, a la práctica sacerdotal de aquellos tiempos, pueden ser leídos hoy -y no anacrónicamente- como aquello que nos informa de todo lo que significa situarse, imaginativamente, en la vida de los otros, y mirarse retrospectivamente como una instancia colectiva que debe seguir ejerciendo una práctica vital y crítica, pese a la proximidad de un irreversible final. Desde las trincheras de la Gran Guerra y la Roma dictatorial, Wittgenstein y Séneca atravesando, dialécticamente, los siglos, inscriptos en imágenes cinematográficas, desafiando la rigidez normativa de la Historia, de la historia del cine.
Y lo mismo ocurre con la escena que visualiza la contienda intelectual acerca de Heráclito y Demócrito, los descargos de Vieira frente al tribunal inquisitorio, las cartas dirigidas a la nobleza, los discursos ante los miembros de su Orden. Lo que incomoda en Palabra y utopía no es el contraste entre la barbarie de una práctica conquistadora y el humanismo de una teoría integrativa; es la actualidad de tales cuestiones.
Cuando Vieira declara que “el problema son y no son los indios”, es el 1600 el que nos dice que el problema son y no son los otros, el problema son y no son los inmigrantes, el problema (no el único, y tal vez ni siquiera el más importante, pero sí el que no podemos ignorar bajo el pretexto de vivir en un mundo globalizado) es el facilismo de nuestra condena moral hacia la diferentia, y el aplastamiento de todo aquello que se interpone en nuestro camino “evolutivo”: nuestra praxis civilizatoria. Y no hay que ser creyente de ninguna orden religiosa o secular para que nos persuadamos de ello; sólo debemos estar atentos al transcurrir de la historia, atentos al film de Oliveira.
Porque, en cierto sentido, Palabra y utopía resulta muy fácil de ver. No hay en sus planos la sobrecarga barroca que podría suponer retratar las cortes e intrigas palaciegas del siglo XV, o asfixiarlos con la crueldad instrumental de los tribunales de la Inquisición, o comprimir dentro de ellos los enfrentamientos y los contactos entre los – equívocamente llamados, pero eso es otra discusión – “pueblos originarios” y los soldados de la conquista, los del Rey y los de Cristo, o ambos a la vez.
Todo esto, que se halla presente en el film, lo vemos en un par de secuencias despojadas de folklorismo nativo y foráneo, en mapas ilustrativos, en alguna que otra escena tribunalicia, en ese continuo deambular entre la colonia y la metrópoli, punteado por la vista de un océano sin galeones ni carabelas. Y pese a que Vieira era un sacerdote obediente (en el sentido jerárquico al menos, y hasta cierto punto) a los mandatos de su Orden y de la Iglesia, no hay en Palabra y utopía vistas de iglesias y catedrales, escenas de comunión, de rezo, de expiación. La fastuosidad de la Santa Sede y el (supuesto) despojamiento comunitario de la Compañía de Jesús, no son cosas que le interesen, realmente, al padre Antonio Vieira, al director Manuel de Oliveira.
Eludiendo la imaginería virtuosa, liberando a los planos del exceso narrativo, tanto formal como discursivamente, el sueño utópico de Vieira (que batallaba incansablemente para instalarlo como una realidad palpable en “este” mundo, pensemos lo que pensemos acerca de este sueño) recorre estructuralmente la puesta en escena del film, sin que ésta se vea desbordada por el texto, o comprimida en los estrechos límites de un espacio dramáticamente concebido.
En Café Lumiere (2004), una de las últimas joyas fílmicas de Hou Hsi-Hsien, un personaje grababa los ruidos de los trenes en la ciudad de Tokio para que alguien pudiera utilizarlos, otorgarles un sentido, un destino útil, en un hipotético futuro. Probablemente Palabra y utopía forma parte de ese legado, aunque Manuel de Oliveira -al igual que su símil sacerdotal dentro de la pantalla- nos advierte que el futuro está aquí, en el pasado de una conquista que alteró el orden del Mundo, en el presente de un cine que altera nuestra percepción de los mundos.
Ver Palabra y utopía no es sólo ver una lección de Historia emergiendo de una lección de cine. Es ver también – y principalmente – el incierto devenir de un proceso civilizatorio, poder vislumbrar que las alarmantes voces del ayer, que las inquietantes voces del hoy, todavía tiene cosas para decirnos, nos guste o no escucharlas. El problema hemos sido nosotros, el problema seguimos siendo nosotros.
Fernando Pujato


