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Archivar como 27 mayo 2009

El arte civilizatorio

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Palabra y utopía de Manuel de Oliveira, Portugal 2000
 

“Comprender el pasado a través del presente, y el presente a través del   pasado”.

                                                                                      Marc Bloch

             Se ha escrito mucho, contemporáneamente, acerca de la conquista de América por parte de las (otrora) orgullosas potencias europeas. Desde las Ciencias Sociales en general – y un tanto más específicamente desde la Historia y la Antropología – se han emprendido toda una gama de investigaciones que van desde las motivaciones ideológicas (políticas, militares, religiosas) y económicas que sustentaron, y precipitaron el arribo de los conquistadores-colonizadores a esta parte del mundo, como así también el impacto (en cualquier nivel socio-cultural con que se lo mida) que significó tal cuestión para los continentes involucrados en ella: América, Europa, África en alguna medida, Asia en menor medida.
            Mucho, también, se ha producido desde las “artes” en general. La literatura, la poesía, el teatro, la música, la pintura, han retomado el tema, una y otra vez, poniendo el énfasis quizá en las mismas cuestiones que las disciplinas científicas, pero por supuesto, desde otros lugares, con distintos tonos y colores, con diferentes matices y actuaciones. La vastedad de todo esto no garantiza, por sí misma, que los resultados hayan sido, y sean, imaginativos, profundos, veraces, confiables. Pero al menos se lo intenta.
           Muy poco es lo que se ha filmado, y no sólo contemporáneamente. Si dejamos a un lado el western (eso es ya otra cuestión), apenas un puñado de películas tratando de apropiarse de un tema que pareciera ser patrimonio casi exclusivo de otros ámbitos de la imagen. Tal vez debido a que muy poco cineastas están verdaderamente preocupados por la Historia, o a que muchos de ellos ya no están interesados por ella, o tal vez, simplemente, porque la gran mayoría desconoce el significado de esta palabra.
           Y no es el caso de tener que lidiar con el gigantismo de la conquista a ambos lados del océano: algo que se puede ver claramente en 1492,La conquista del paraíso (1992) de Ridley Scott; tampoco se trata de descender al delirio mesiánico de una agónica travesía: ya lo filmó Werner Herzog en Aguirre,la ira de Dios (1972); y mucho menos de celebrar la muerte heroica y teológicamente, saturando los planos con cruces solidarias y cruentas espadas: ya lo vimos (ya no más) en La Misión (1986) de Roland Joffé.
          No hay lugar a dudas de que el cineasta portugués Manuel de Oliveira está, genuinamente, preocupado por la Historia; aún sin saber nada de él, aún sin haber visto ninguno de sus 37 films, Palabra y utopía nos lo muestra, claramente. Pero, ¿porqué la Historia, con H mayúscula, permea íntegramente el film de Oliveira? ¿Qué es aquello que podemos ver en él ?, y lo más importante ¿de qué manera, cuáles son las elecciones formales que nos permiten acceder a esta (su) preocupación ? Porque aún cuando el film recorra más de medio siglo de la vida activa del sacerdote jesuita Antonio Vieira, aquello que lo estructura, en términos narrativos, excede una gesta individual y nos sitúa en el (contra) discurso de la justificación de la conquista. Y también un tanto más allá de esto.
Los sermones (ponencias sería la palabra correcta, porque eso es lo que son) acerca del insoslayable aprendizaje de las lenguas nativas, y el de la vejez como un estado realizativo en la vida de una persona, si bien están dirigidos, en buena medida, a la práctica sacerdotal de aquellos tiempos, pueden ser leídos hoy -y no anacrónicamente- como aquello que nos informa de todo lo que significa situarse, imaginativamente, en la vida de los otros, y mirarse retrospectivamente como una instancia colectiva que debe seguir ejerciendo una práctica vital y crítica, pese a la proximidad de un irreversible final. Desde las trincheras de la Gran Guerra y la Roma dictatorial, Wittgenstein y Séneca atravesando, dialécticamente, los siglos, inscriptos en imágenes cinematográficas, desafiando la rigidez normativa de la Historia, de la historia del cine.
             Y lo mismo ocurre con la escena que visualiza la contienda intelectual acerca de Heráclito y Demócrito, los descargos de Vieira frente al tribunal inquisitorio, las cartas dirigidas a la nobleza, los discursos ante los miembros de su Orden. Lo que incomoda en Palabra y utopía no es el contraste entre la barbarie de una práctica conquistadora y el humanismo de una teoría integrativa; es la actualidad de tales cuestiones.
Cuando Vieira declara que “el problema son y no son los indios”, es el 1600 el que nos dice que el problema son y no son los otros, el problema son y no son los inmigrantes, el problema (no el único, y tal vez ni siquiera el más importante, pero sí el que no podemos ignorar bajo el pretexto de vivir en un mundo globalizado) es el facilismo de nuestra condena moral hacia la diferentia, y el aplastamiento de todo aquello que se interpone en nuestro camino “evolutivo”: nuestra praxis civilizatoria. Y no hay que ser creyente de ninguna orden religiosa o secular para que nos persuadamos de ello; sólo debemos estar atentos al transcurrir de la historia, atentos al film de Oliveira.
Porque, en cierto sentido, Palabra y utopía resulta muy fácil de ver. No hay en sus planos la sobrecarga barroca que podría suponer retratar las cortes e intrigas palaciegas del siglo XV, o asfixiarlos con la crueldad instrumental de los tribunales de la Inquisición, o comprimir dentro de ellos los enfrentamientos y los contactos entre los – equívocamente llamados, pero eso es otra discusión – “pueblos originarios” y los soldados de la conquista, los del Rey y los de Cristo, o ambos a la vez.
          Todo esto, que se halla presente en el film, lo vemos en un par de secuencias despojadas de folklorismo nativo y foráneo, en mapas ilustrativos, en alguna que otra escena tribunalicia, en ese continuo deambular entre la colonia y la metrópoli, punteado por la vista de un océano sin galeones ni carabelas. Y pese a que Vieira era un sacerdote obediente (en el sentido jerárquico al menos, y hasta cierto punto) a los mandatos de su Orden y de la Iglesia, no hay en Palabra y utopía vistas de iglesias y catedrales, escenas de comunión, de rezo, de expiación. La fastuosidad de la Santa Sede y el (supuesto) despojamiento comunitario de la Compañía de Jesús, no son cosas que le interesen, realmente, al padre Antonio Vieira, al director Manuel de Oliveira.
           Eludiendo la imaginería virtuosa, liberando a los planos del exceso narrativo, tanto formal como discursivamente, el sueño utópico de Vieira (que batallaba incansablemente para instalarlo como una realidad palpable en “este” mundo, pensemos lo que pensemos acerca de este sueño) recorre estructuralmente la puesta en escena del film, sin que ésta se vea desbordada por el texto, o comprimida en los estrechos límites de un espacio dramáticamente concebido.
          En Café Lumiere (2004), una de las últimas joyas fílmicas de Hou Hsi-Hsien, un personaje grababa los ruidos de los trenes en la ciudad de Tokio para que alguien pudiera utilizarlos, otorgarles un sentido, un destino útil, en un hipotético futuro. Probablemente Palabra y utopía forma parte de ese legado, aunque Manuel de Oliveira -al igual que su símil sacerdotal dentro de la pantalla- nos advierte que el futuro está aquí, en el pasado de una conquista que alteró el orden del Mundo, en el presente de un cine que altera nuestra percepción de los mundos.
Ver Palabra y utopía no es sólo ver una lección de Historia emergiendo de una lección de cine. Es ver también – y principalmente – el incierto devenir de un proceso civilizatorio, poder vislumbrar que las alarmantes voces del ayer, que las inquietantes voces del hoy, todavía tiene cosas para decirnos, nos guste o no escucharlas. El problema hemos sido nosotros, el problema seguimos siendo nosotros.

Fernando Pujato

 

 

 

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Ciclo “Werner Herzog y los límites de la razón”

Viernes 22 de mayo, 21 hs

Los enanos también fueron pequeños (Alemania, 1970, 96 min)

Todo lo que puede ser filmado, todo lo que va a serlo, posee por

                              este mismo hecho un mínimo común denominador: su visibilidad.

                                                                                                           Serge Daney

Un individuo está sentado dentro de una habitación manipulando un extraño cartel; desde el centro de un plano fijo la cámara inicia un extenso plano secuencia paisajístico para volver al mismo lugar desde donde había partido. Esta vez el individuo, que ha terminado de acomodar el cartel frente a su pecho, es fotografiado a la manera de un registro policíaco. Una voz en off comienza un interrogatorio mientras la cámara se dirige hacia una ventana, atravesándola.

El enigmático comienzo del film de Werner Herzog no da lugar a dudas: algo ha ocurrido, allí, afuera. Pero, ¿qué ha ocurrido? ¿qué es ese allí? ¿dónde está ese afuera?

Más o menos por aquella dorada época de los 70´ se estrenaba Atrapado sin salida(1975), un film emblemático (al menos generacionalmente) que nos mostraba una rebelión dentro de un hospital siquiátrico. Estaba allí la cruel enfermera, el héroe de la revuelta (Jack Nicholson actuando, por supuesto, de loco), algunos estereotipos de la insanía mental y todo transcurría puertas adentro. El film terminaba -no podía ser de otra manera, estamos en la Industria- con el bueno de Jack escapando, simbólicamente, del hospicio. La muerte como resurrección liberadora.

          No hay enfermeras ni héroes en el film de Herzog; no hay pastillas, lobotomías o “tipos” reconocibles, y la rebelión, aquello que trastoca el orden de las cosas, ocurre puertas afuera, en el espacio colindante a un entorno agreste, vacío, casi irreal. Tampoco hay escape, ni real, ni imaginario. No hay lugar donde escapar ni, ciertamente, motivos para hacerlo.

Desde la puesta en escena del film se desprende no sólo todo aquello que lo separa del de Milos Forman, sino también de, más o menos, gran parte de las películas que se han filmado acerca de uno de los temas foucoltianos por excelencia.

Salvo algunos primeros planos de un interno que ha quedado encerrado junto al “educador” del hospicio, el film transcurre casi enteramente con profundidad de campo, porque acá el alzamiento es -por ponerlo en términos normativos- una cuestión comunitaria. Aunque algunos quieran ver allí un estado de naturaleza gregario, la cámara de Herzog es inequívoca: todos los internos participan asociada, mancomunadamente, como pueden y en lo que pueden, en esta suerte de juego infantilmente macabro con que comienza la película; y que se va convirtiendo, pausada, paulatinamente, en una espiral de violencia ritualmente dirigida, irónicamente retratada.

Y esta violencia es ejercida no sólo contra la Institución, no sólo contra todo lo que ella representa, sino contra -y sobre todo a través- de aquél lugar discursivo al cual debemos retornar cuando hemos desviado un tanto el camino, el lugar que se nos (re)presenta como el remedio de todos los males que engendra nuestra cultura, nuestro orden social, nuestro ser en el mundo: La Madre Naturaleza.

Porque lo que está presente en los planos de un film engañosamente institucional, no es el nosotros/los otros que introduce Tod Browning en Freaks (1932), no son dos especies en pugna, dos mundos diferentes, dos lógicas distintas. Aquello que está encerrado en (y entre) los planos de También los enanos comenzaron pequeños, lo que se nos revela desde el absurdo de una situación extra-ordinaria, filmada casi cuatro décadas atrás, es “el” tema, la preocupación, la obsesión fundante de Werner Herzog, hoy: los ilimitados límites de nuestra razón civilizatoria ante la permeabilidad fronteriza de la sinrazón de la natura.

El sugestivo “también” del título de este film extrañamente cotidiano, es acaso el inquietante del “nosotros” en el mundo. El inicio de la filmografía de Herzog esta allí, para mostrárnoslo.

                                                                                       Fernando Pujato.

Todos los viernes a las 21 hs, en CINÉFILO BAR, Bv. San Juan 1020

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El viaje sobre hielo

Encuentros en el fin del mundo

Ciclo “Werner Herzog y los límites de la razón”

Viernes 15 de mayo, 21.30 hs

Encuentros en el fin del mundo* (EE.UU, 2007, 98 min)

A la manera de un relato ficcional, Herzog nos acerca a los confines del mundo en un recorrido extenso para mostrarnos un nuevo espacio, un nuevo lugar. Como un rastreador circunstancial, Herzog atraviesa las extensas capas de hielo y nieve que parecen nunca acabar.

Desde el paisaje austero y despoblado de la ciudad de McMurdo, en la Antártida, vuelve su mirada sobre ciertas cuestiones y partiendo de ciertas hipótesis insiste aquí una vez más, sobre la idea apocalíptica y visceral que atraviesa sus últimos filmes. Así, entre otros, vuelve a preguntarse sobre los destinos erráticos de la humanidad.

Herzog no sólo se pregunta quiénes viven y cómo viven en la Antártida, qué decisión los llevó adonde están, ocupaciones, y demás, sino que vuelve a cuestionarse, a plantearse inquietudes en torno a la extinción de la raza humana; temas como el control del hombre sobre la naturaleza y la totalidad de las cosas vuelven a resurgir en este filme, su último film.

Herzog extiende los límites de la expresión cinematográfica más allá de los conceptos y recoge las referencias más enigmáticas de la realidad. Y con clima de suspense por momentos, otros cómicos y muchos otros delirantes ofrece un recorrido atrapante a diferentes aristas de una misma realidad. Realidad anclada en el presente, un presente producto de comportamientos y de nuevas lógicas de organización de la sociedad, modernidad de la modernidad y civilización deshumanizada, paisaje fascinante y desconcierto sobre el futuro.

Y como ya lo hiciera en La salvaje lejanía azul, no deja de maravillarse por la naturaleza e intercala filmaciones submarinas, imágenes minuciosas y detallistas de un universo desconocido y absolutamente fascinante. Siendo un realizador cautivado  por el mundo orgánico y atento al comportamiento de los seres vivos, capta con su lente un universo de especies  que  se mueven al ritmo de la cámara que observa de manera hipnótica cada movimiento. Herzog detiene y acelera el tiempo, esparce los colores y los mezcla a su antojo, la cámara pierde sus márgenes y la imagen se abre hasta atravesarlos.

Encuentros en el fin del mundo se inicia con una primera imagen: la de un buzo que capta imágenes debajo del hielo.  Tras esta imagen comenzaremos a ser parte de una parte de la realidad, de una parte del mundo, pocas veces mostrado desde el lente de una cámara. Y casi como un símbolo, esta imagen parece ser premonitoria de lo que veremos a continuación.

Herzog advierte: este no es un documental de pingüinos, para desde allí situarnos en otra coordenada de referencia. Mirando a través del hielo, coloca la cámara y  manipula la acción. Así,  buscará personajes singulares, con diferentes motivaciones y particularidades que completarán este paisaje. Desfilarán personas que comparten entre sí ciertas características, como las de tener dos oficios, o dos profesiones, o dos saberes bien diferenciados: conoceremos a un biólogo celular fanático de la ciencia ficción; un filósofo que es también conductor de carretilla o un lingüista que es experto en computadoras. Personajes inusuales ofreciendo un panorama general de un continente como confín del mundo. Y por supuesto: a Herzog le interesan todos aquellos que han decidido escapar de la mundana cotidianeidad, del ruido de las grandes sociedades para refugiarse en  paisajes inhóspitos.

Con una percepción extrañísima y atento al devenir de los tiempos, Herzog parece cerrar con este film una etapa de su cine. Y demuestra una vez más que el suyo es un cine físico, un cine de planos, un cine donde la observación no está impuesta por la ideología sino por la materia .Claro está que no deja de haber en él una percepción un tanto demencial.

Verónica Pereyra

Todos los viernes a las 21.30 hs, en CINÉFILO BAR, Bv. San Juan 1020

*Gentileza Cineclub “Con los Ojos Abiertos”

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Ciclo “Werner Herzog  y los límites de la razón”

Viernes 8 de Abril, 21:30 Hs:

La Soufrière (Alemania, 1977,30 min)

Antes se proyectara el corto Diez Mil Años más Viejo(2002, 10 min) de Werner Herzog.

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La ciencia ficción como género se encuentra en los comienzos del cine. El Viaje a la Luna de G. Meliés(1902) está ahí para comprobarlo, Metrópolis(1927) de Fritz Lang está ahí para confirmarlo. Los ejemplos se multiplicarían hasta el absurdo. Una de las ventajas del género reside en la capacidad crítica que tiene en relación al individuo o a la sociedad. La ciencia-ficción habla del presente, en ocasiones prefigura situaciones del futuro .El cine, misteriosamente, también tiene esa capacidad.

Volviendo al futuro, el escenario habitual de la ciencia -ficción se desarrolla en un mundo post-apocalíptico, donde una catástrofe (usualmente nuclear o  de algún virus) ya sucedió. En sus 45 minutos iniciales (y mejores, después el film decae) Soy Leyenda de Francis Lawrence mostraba a Will Smith deambulando en solitario a través de una Manhattan arrasada por un virus.En Fuga de New York de John Carpenter, Kurt Russel rescataba al presidente de los EE.UU. de una isla- prisión- fantasmal (Manhattan otra vez). Es un mundo devastado por la tercera guerra mundial. En esa película estaba prohibido fumar so pena de muerte, y el futuro trascurría en 1997.

La Soufrière no pertenece al género de  ciencia-ficción. Me refiero al mediometraje de Werner Herzog, filmado en 1977 en la Isla Guadalupe durante las vísperas de la erupción del volcán del mencionado título. Toda la isla es evacuada salvo por una persona que decide quedarse. Esto llama la atención del cineasta alemán que viaja a entrevistar a este hombre con el peligro de la erupción, gases venenosos, sismos, etc. Herzog no se mide con osos, se mide con volcanes. Cuando el aventurero alemán llega, toda la ciudad está desierta.  Tan sólo la recorren animales librados a su suerte. Por unos minutos, el film parece mostrar una ciudad donde la catástrofe ya sucedió. Así, se convierte en uno de esos films de ciencia ficción, su originalidad es que acontece en un documental, es patrimonio del cine de ficción mostrarnos un posible futuro.  No recuerdo un documental que lo haga, salvo el mismo Herzog en La Salvaje Lejanía Azul, pero allí lo que se expresa es un futuro como una vuelta al origen primigenio de la tierra.

En ocasiones, el cine muestra imágenes de sucesos o situaciones que luego se configuran en la realidad (o lo que llamamos realidad). Podemos ver, como sucede en Donnie Darko de Richard Kelly, la destrucción de una casa por parte de una turbina de avión como prefiguración de la caída de la torres gemelas (los ejemplos de la destrucción de New York antes de la caída de las torres podrían multiplicarse por cientos). Más acá, en No te metas con el Zohan de Dennis Dugan, un palestino le tira con un zapato a Adam Sandler. Poco tiempo después será George W. Bush quién reciba un proyectil similar en una conferencia de prensa. En sus últimos documentales Werner Herzog opina que la humanidad está perdida y se dirige a su destrucción. Quizás lo haya prefigurado en La Soufrière.

José Fuentes Navarro

Todos los viernes en

CINÉFILO BAR,

Bv. San Juan 1020.

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