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Archivar como 4/06/09

El oficio de la soledad

xiao4

Ciclo: “Jia Zhang-ke, los escombros del mundo”

Viernes 05/07 

Pickpocket (Xiao wu, China, 1997)

                                                              Porque sabes porqué te condeno…yo te condeno

                                                              Y yo no lo sé.

                                                                                                    Antonin Artaud

No deja de ser singular, y un tanto riesgoso también, elegir una actividad pequeño-delictiva en una ciudad de provincias en la China de los ‘90 como tema estructurante de una ópera prima.

Resulta fácil avalar el “delito” anteponiendo infancias pobres (o demasiados ricas), padres ausentes (o demasiado omnipresentes), las malas compañías y demás clichés sicologistas, para situarlo en el ámbito estrictamente privado, pero siempre con un correlato social, claro. Resulta aún más fácil condenarlo desde el apego irrestricto a las leyes, el discurso acerca de la anomia moral, la pérdida de los valores del sistema y demás entelequias societarias, para ubicarlo en el ámbito público pero siempre con un prólogo privado, claro está.

Hemos visto algo de todo esto en decenas de películas (no hace falta nombrarlas aquí, se estrenan todos los jueves) que retratan el halo romántico de los “fuera de la ley”, o sostienen una férrea mirada condenatoria para con los hechos delictivos, o juegan con ambas cosas a la vez, inclinando un tanto el film hacia alguno de estos (supuestos) polos opuestos -todo depende del lado en que uno se sitúe- pero manteniendo siempre la premisa de que la historia debe encerrar un discurso moral claro, certero, admonitorio.

No resulta nada fácil desembarazarse de las caricaturas manufacturadas, de cualquier índole que éstas sean, de cualquier lugar que éstas provengan; pero si hay algo que está en las antípodas de una distinción maniquea, de un discurso moralista, de un producto probado, eso es el primer film de Jia Zhang-ke.

¿Porqué roba el protagonista de Pickpocket?:  no lo sabemos, apenas podemos entrever un pasado campesino pobre (como todos los pasados campesinos en China, pero no todos ellos se convierten en carteristas) al cual él no puede ni quiere volver. ¿Qué hace con lo que roba Xiao Wu?:  no mucho más que devolver a la policía los carnés de identificación de los damnificados, comprarse un saco ochentoso y tratar de pagarse una compañía; el mañana no es su problema, no es algo que le interese.

No es que los motivos -los cómo y los porqué- ni las consecuencias que se desprenden de éstos estén ausentes en el film; están, por el contrario, claramente insertos en él. Pero lo están dentro de una puesta en escena cuya contigüidad se halla encadenada por el presente de todo lo que está ocurriendo alrededor del “oficio” de Xiao Wu.

Y lo que está ocurriendo es, por supuesto, el principio del derrumbe de un mundo, el inicio de la construcción de otro orden social, económico, relacional, edilicio. Las manos de Xiao Wu ya no son necesarias en un lugar en el que los viejos compinches-amigos se convierten en prósperos (contrabandistas) comerciantes ni alcanzan para abrazar el ensueño de un amor casi adolescente.

El agotamiento de todo lo que significa el accionar de Xiao Wu está inscripto, paulatinamente, en un  registro formal impecable y diametralmente opuesto a las instantáneas preciosistas que adornan los contornos de un cine costumbrista, tan poco real como imaginativo.

Aquella innegable sentencia baziniana de que ” la imagen cinematográfica puede vaciarse de todas las realidades excepto de una: la del espacio ” es lo que vemos en el ordenamiento escénico de Pickpocket: planos fijos con profundidad de campo en interiores, planos secuencia (también con profundidad de campo) en exteriores, y hasta ese inquietante e interrogativo fuera de campo que epiloga la primera joya fílmica del director chino Jia Zhang-ke. La construcción de un espacio cinematográfico de la soledad.

Fernando Pujato

Todos los viernes a las 21 hs, en CINÉFILO BAR – Bv. San Juan 1020 -


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Comienza el ciclo

grafica jia zhang ke

Lo que resta del presente

El tiempo pasado y el tiempo futuro

Lo que podría haber sido y lo que ha sido

Apuntan a un fin único, que es siempre

Presente.

                                                                                                        T.S. Eliot

Fue necesario esperar el advenimiento de las últimas olimpíadas celebradas en Beijing para certificar, en lo “visual” daneysiano, lo (oculto) que habíamos visto en imágenes cinematográficas unos años antes. No su reverso ni su contraste, ni siquiera su contracara, sino todo aquello que hace posible, apuntala y sostiene realmente, la fantasmática vanidad televisiva de una modernidad construida, literalmente, con los restos de un ayer que todavía permanece.

Porque el pasado está aquí, en la soledad y el anacronismo delictivo de Pickpocket (1998), en el fracaso de la utopía revolucionaria y la confusión individual de Platform (2000), en la “jubilación de veinte años de trabajo” y la búsqueda desesperada del amor en Placeres Desconocidos (2002). Y también en esa fábrica de sueños neo-capitalista que es El Mundo (2004), pasando por la extrañeza paisajística de Dong (2006), para llegar a la apoteosis urbanística y migratoria de Naturaleza Muerta (2006).

No hay allí flashbacks, ni objetivos ni subjetivos, ni planos-contraplanos (salvo una escena juguetonamente pop en Placeres Desconocidos), ni cámaras moviéndose frenéticamente al ritmo de la aceleración de los cambios en un lugar que, hasta no hace mucho tiempo atrás, era retratado con murallas milenarias, dagas voladoras e intrigas cortesanas.

Nada de esto es necesario para un cine que apuesta a la profundidad de campo, los planos secuencia y el uso (no el abuso) puntual del fuera de campo, como los recursos formales que permiten el acceso imaginativo a un universo cultural totalmente ajeno al nuestro.

Digan lo que digan los fariseos discursos acerca de la globalización planetaria y muestren lo que muestren las coloridas postales folklóricas de las imágenes festivaleras, es en el “interior” profundo de ese universo, en su desconcierto generacional, en sus migraciones forzadas, donde no sólo podemos aprehender, cinematográficamente, aquello que oculta la artificiosidad ilusoria del espectáculo, sino también visualizar, en el hoy, las imágenes del pasado y el presente de ese lugar, las construcciones de éste y las ruinas de aquél, en un mismo tiempo, en un mismo espacio, en una pantalla de cine.

Tal vez el próximo mundial de fútbol u otra aberración similar tenga lugar en el ex país de Mao; no tendremos que aguardar demasiado para ver la última película de aquél que se ha convertido en el vocero “oficial” de la historia de China y que probablemente siga filmando las ceremonias de apertura de los mega-show mediáticos.

Pero antes, durante y después de que esto ocurra -la ciencia ficción nos ha deparado pesadillas infinitamente peores- el representante más destacado de la última generación de cineastas chinos (la sexta generación, la generación “urbana”), no sólo sigue filmando lo que ocurre en su país, sigue filmando los escombros del mundo. Se llama Jia Zhang-ke, tiene menos de cuarenta años, y su cine es una poética contra el olvido.

Fernando Pujato

Desde el viernes 05 de junio hasta el 10/07 de julio, a las 21 hs, en CINÉFILO BAR – Bv. San Juan 1020 -

 

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