Comienza el ciclo

Lo que resta del presente
El tiempo pasado y el tiempo futuro
Lo que podría haber sido y lo que ha sido
Apuntan a un fin único, que es siempre
Presente.
T.S. Eliot
Fue necesario esperar el advenimiento de las últimas olimpíadas, celebradas en Beijing, para certificar, en lo “visual” daneysiano, lo (oculto) que habíamos visto en imágenes cinematográficas unos años antes. No su reverso ni su contraste, ni siquiera su contracara, sino todo aquello que hace posible, apuntala, y sostiene realmente, la fantasmática vanidad televisiva de una modernidad construida, literalmente, con los restos de un ayer que todavía permanece.
Porque el pasado está aquí, en la soledad y el anacronismo delictivo de Pickpocket (1998), en el fracaso de la utopía revolucionaria y la confusión individual de Platform (2000), en la “jubilación de veinte años de trabajo” y la búsqueda desesperada del amor en Placeres Desconocidos (2002).Y también en esa fábrica de sueños neo-capitalista que es El Mundo (2004), pasando por la extrañeza paisajística de Dong (2006), para llegar a la apoteosis urbanística y migratoria de Naturaleza Muerta (2006).
No hay allí flashbacks, ni objetivos ni subjetivos, ni planos-contraplanos (salvo una escena juguetonamente pop en Placeres Desconocidos), ni cámaras moviéndose frenéticamente al ritmo de la aceleración de los cambios en un lugar que, hasta no hace mucho tiempo atrás, era retratado con murallas milenarias, dagas voladoras e intrigas cortesanas.
Nada de esto es necesario para un cine que apuesta a la profundidad de campo, los planos-secuencia, y el uso (no el abuso) puntual del fuera de campo, como los recursos formales que permiten el acceso imaginativo a un universo cultural totalmente ajeno al nuestro.
Digan lo que digan los fariseos discursos acerca de la globalización planetaria, y muestren lo que muestren las coloridas postales folklóricas de las imágenes festivaleras, es en el “interior” profundo de ese universo, en su desconcierto generacional, en sus migraciones forzadas, donde no sólo podemos aprehender, cinematográficamente, aquello que oculta la artificiosidad ilusoria del espectáculo, sino también visualizar, en el hoy, las imágenes del pasado y el presente de ese lugar, las construcciones de éste y las ruinas de aquél, en un mismo tiempo, en un mismo espacio, en una pantalla de cine.
Tal vez el próximo mundial de fútbol – u otra aberración similar – tenga lugar en el ex país de Mao; no tendremos que aguardar demasiado para ver la última película de aquél que se ha convertido en el vocero “oficial” de la historia de China, y que probablemente siga filmando las ceremonias de apertura de los mega-show mediáticos.
Pero antes, durante y después de que esto ocurra – la ciencia ficción nos ha deparado pesadillas infinitamente peores – el representante más destacado de la última generación de cineastas chinos (la sexta generación, la generación “urbana”), no sólo sigue filmando lo que ocurre en su país, sigue filmando los escombros del mundo. Se llama Jia Zhang-ke, tiene menos de cuarenta años, y su cine es una poética contra el olvido.
Fernando Pujato
Desde el viernes 05 de junio hasta el 10/07 de julio, a las 21 hs, en CINÉFILO BAR – Bv. San Juan 1020 -

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