24/11: Un Rey en Nueva York ( A King in New York) de Charles Chaplin. Reino Unido. 1957. 105 min.
Puertas, teléfonos y ascensores.
La última nota crítica de ese maravilloso libro que Bazín le dedicara a Chaplin corresponde a Un rey en Nueva York, allí se puede leer que la película se divide en dos partes “la primera, exclusivamente burlesca, es una sátira de la vida americana moderna a través del gag…” y que la segunda parte ” a partir del encuentro con el niño prodigio que se convierte en portavoz del autor, es mucho más ideológica…”. Es a esta segunda parte que Bazín dedica el grueso del artículo, haciendo un paralelo con A face in the crowd de Kazan señalando que Chaplin ha llegado un poco tarde para ajustar sus cuentas con el mcarthysmo y que “el elogio más ridículo o más involuntariamente pérfido que cabe hacer de Un rey en Nueva York consiste en alabarlo por la eficacia de su sátira antiamericana”.
Tal vez haya algo de razón en todo esto y sería bastante torpe medir el film de Chaplin acerca de su ataque a la comisión de actividades antinorteamericanas y, sobre todo, si éste ha sido efectivo temporalmente, o por el contrario, si ha quedado como un recuerdo fugaz en el celuloide de un film que, más de cincuenta años después, sorprende por su modernidad
Desembarazarse de su contemporaneidad física y verlo retrospectivamente -algo que Bazín indudablemente no podía hacer- significa no sólo estar asistiendo a una buena parte de la historia más rica del cine, sino también ver un film de pasajes, de puertas que se abren y se cierran permanentemente, de teléfonos que suenan continuamente, de espacios hípertransitados y, por supuesto, de una postura ideológica que -dígase lo que se diga acerca de ella- está expuesta, casi flagrantemente, como para que cualquiera que se dedique a ver el cine a través de sus autores y no por medio de éstos, se sienta satisfecho por corroborar aquello que sospecha o que intuye o que ya sabe.
Más allá de esa cuestión anecdótica, de algunos gags que recuerdan más a Charlot que a un Chaplin desnudo de su máscara y despojado de su bigote (El gran dictador había pasado ya) la puesta en escena del film está estructurada a partir del espacio privado que ocupa el Rey Shadov, una suite del hotel Ritz que oficia de teatro de operaciones, o más bien de una suerte de corte reducida a su más mínima expresión. Desde allí, el movimiento hacia el afuera, hacia el espacio público, es incesante: cines atiborrados de adolescentes bailando frenéticamente y remedos de películas hollywoodenses; restaurantes repletos de gente y de ruido; cenas con cámaras ocultas; ascensores, clínicas, escuelas, tribunales. La modernidad está allí, danzando, golpeando, atiborrando los lugares (los no-lugares de Marc Augé nunca existieron, La terminal fue filmada para certificar esto y Spielberg se lleva toda la razón) exponiendo todo ese frenesí alucinatorio en el que Chaplin trata de arreglárselas como puede y frente al que el Rey Shadov esboza un gesto austero y distante, seco y enérgico, pero comprendiendo todo, o casi todo. Porque, ya lo sabemos, él provenía de otro lugar y tuvo que convertirse en esa sombra para anunciar lo que Tati, lo que Playtime, patentizaría años más tarde: el poder reírnos del fútil ordenamiento de nuestro mundo.
Al inicio de Un rey en Nueva York, cuando una turba enardecida fuerza las puertas del palacio, se lee “uno de los pequeños problemas de la vida moderna es la revolución”. Posiblemente así haya sido, pero uno de los grandes desafíos de la existencia moderna para un cineasta es poner en escena un estado del mundo, evidenciando lo que es, clarificando lo que fue y, tal vez si uno se llama Charles Chaplin, mofándose de ese estado, por lo tanto de uno mismo. No hay muchos directores de cine que hoy puedan hacer esto, aunque tampoco había muchos directores que pudieran hacerlo. A unos y a otros todavía podemos verlos. Los anacronismos se resuelven, los fantasmas se disipan, las modas se pasan. Los faros siguen allí.
Fernando Pujato
Cinéfilo Bar. San Juan 1020. 21 hs
Ultima función del año

