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Archivar como 24 noviembre 2010

LA NOCHE DEL CAZADOR PRESENTA

24/11:  Un Rey en Nueva York ( A King in New York) de Charles Chaplin. Reino Unido. 1957. 105 min.

 

Puertas, teléfonos y ascensores.

La última nota crítica de ese maravilloso libro que Bazín le dedicara a Chaplin corresponde a Un rey en Nueva York, allí se puede leer que la película se divide en dos partes “la primera, exclusivamente burlesca, es una sátira de la vida americana moderna a través del gag…” y que la segunda parte ” a partir del encuentro con el niño prodigio que se convierte en portavoz del autor, es mucho más ideológica…”. Es a esta segunda parte que Bazín dedica el grueso del artículo, haciendo un paralelo con A face in the crowd de Kazan señalando que Chaplin ha llegado un poco tarde para ajustar sus cuentas con el mcarthysmo y que “el elogio más ridículo o más involuntariamente pérfido que cabe hacer de Un rey en Nueva York consiste en alabarlo por la eficacia de su sátira antiamericana”.

Tal vez haya algo de razón en todo esto y sería bastante torpe medir el film de Chaplin acerca de su ataque a la comisión de actividades antinorteamericanas y, sobre todo, si éste ha sido efectivo temporalmente, o por el contrario, si ha quedado como un recuerdo fugaz en el celuloide de un film que, más de cincuenta años después, sorprende por su modernidad

Desembarazarse de su contemporaneidad física y verlo retrospectivamente -algo que Bazín indudablemente no podía hacer-  significa no sólo estar asistiendo a una buena parte de la historia más rica del cine, sino también ver un film de pasajes, de puertas que se abren y se cierran permanentemente, de teléfonos que suenan continuamente, de espacios hípertransitados y, por supuesto, de una postura ideológica que -dígase lo que se diga acerca de ella- está expuesta, casi flagrantemente, como para que cualquiera que se dedique a ver el cine a través de sus autores y no por medio de éstos, se sienta satisfecho por corroborar aquello que sospecha o que intuye o que ya sabe.

Más allá de esa cuestión anecdótica, de algunos gags que recuerdan más a Charlot que a un Chaplin desnudo de su máscara y despojado de su bigote (El gran dictador había pasado ya) la puesta en escena del film está estructurada a partir del espacio privado que ocupa el Rey Shadov, una suite del hotel Ritz que oficia de teatro de operaciones, o más bien de una suerte de corte reducida a su más mínima expresión. Desde allí, el movimiento hacia el afuera, hacia el espacio público, es incesante: cines atiborrados de adolescentes bailando frenéticamente y remedos de películas hollywoodenses; restaurantes repletos de gente y de ruido; cenas con cámaras ocultas; ascensores, clínicas, escuelas, tribunales. La modernidad está allí, danzando, golpeando, atiborrando los lugares (los no-lugares de Marc Augé nunca existieron, La terminal fue filmada para certificar esto y Spielberg se lleva toda la razón) exponiendo todo ese frenesí alucinatorio en el que Chaplin trata de arreglárselas como puede y frente al que el Rey Shadov esboza un gesto austero y distante, seco y enérgico, pero comprendiendo todo, o casi todo. Porque, ya lo sabemos, él provenía de otro lugar y tuvo que convertirse en esa sombra para anunciar lo que Tati, lo que Playtime, patentizaría años más tarde: el poder reírnos del fútil ordenamiento de nuestro mundo.

Al inicio de Un rey en Nueva York, cuando una turba enardecida fuerza las puertas del palacio, se lee “uno de los pequeños problemas de la vida moderna es la revolución”. Posiblemente así haya sido, pero uno de los grandes desafíos de la existencia moderna para un cineasta es poner en escena un estado del mundo, evidenciando lo que es, clarificando lo que fue y, tal vez si uno se llama Charles Chaplin, mofándose de ese estado, por lo tanto de uno mismo. No hay muchos directores de cine que hoy puedan hacer esto, aunque tampoco había muchos directores que pudieran hacerlo. A unos y a otros todavía podemos verlos. Los anacronismos se resuelven, los fantasmas se disipan, las modas se pasan. Los faros siguen allí.

Fernando Pujato

Cinéfilo Bar. San Juan 1020. 21 hs

Ultima función del año

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LA NOCHE DEL CAZADOR PRESENTA

10/11:  7 Mujeres ( 7 Women) de John Ford. EUA. 1966. 83 min.

Ningún destino.

Es el último film de John Ford, está rodado en 1966 y se desarrolla en algún lugar fronterizo en la China del 1935. Eso debería ser suficiente.

¿Debería?. Porque aún cuando en su presentación hay un par de secuencias de jinetes cabalgando en esas amplísimas llanuras fordianas  no es un western en el sentido estricto del término, sino más bien uno de los mitos que formaban parte de su esencia tratando de arreglárselas en un lugar tan inhóspito como el lejano oeste, pero sin hombres que las defendieran, sin caballería que las rescatara, sin tan siquiera un pueblo que las cobijara.

Entonces, ¿qué es lo que fascina de 7 mujeres? ¿qué hay allí que lo convierte en una obra maestra, en el excelso legado póstumo de uno de los más grandes directores en la historia del cine?. La respuesta es, como el mismo cine de Ford, simple y directa: todo. Porque cualquiera sea la posición crítica que se exhiba, el horizonte cinéfilo que se posea, el rol de espectador que se asuma, la economía y la disposición de los recursos formales en 7 mujeres es, sencillamente, apabullante.

Casi sin planos-contraplanos y con un registro colectivo que siempre prioriza las relaciones por sobre los encuentros, los planos de situación (con el encuadre perfecto por supuesto; la irónica respuesta a Bogdanovich del “sólo puse la cámara allí”) disparan la escena por entre la luz y la sombra de un espacio clausurado sobre sí mismo, pincelado con el tono ocre de la tierra misma. El cuadro, la pintura se mueve. El cine está allí.

Probablemente no sea el film de Ford que más se recuerde o que más se admire o que más se cite. Quizá porque sea el crepúsculo -pero que parece ser el pináculo también- de una carrera jalonada por más de una obra maestra; quizá porque objete, en última instancia, cualquier pretensión de colocar la Fe por encima de las constricciones terrenales; quizá porque desarticula la consideración salvífica de la Ciencia al servicio de la humanidad; quizá porque la amistad (viril) ha quedado allá, al otro lado del océano. En cualquier caso porque afirma el fracaso de un proyecto expansionista cuyo último capítulo se había escrito -y filmado- muchos años atrás, en esa inmensa geografía cardinal que debía ser conquistada.

Una furia sacrificial cierra el último plano del último film de John Ford. Alguien había nacido antes.

Fernando Pujato

Cinéfilo Bar. San Juan 1020. 21 hs

Todos los miércoles de noviembre

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