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Archivar como 26 mayo 2011

SIGA EL BAILE

Sobre De Caravana de Rosendo Ruiz.

Lo que sigue es una evocación. Como siempre hacemos al momento de terminar de ver una película, luego del preestreno de De caravana charlamos con José (el co-responsable de este blog) dándole vueltas al film, dando vueltas alrededor de él. No estoy muy seguro de que lo que sigue no sea más que un recuerdo borroso, incompleto y sesgado, de aquella charla. En todo caso trata de algunas cuestiones -casi señalamientos- que nos parecieron más relevantes que desentrañar la historia que se cuenta y hablar de los personajes involucrados en ella. El comienzo fue más o menos así:
- ¿Te acordás cómo comienza la película?.
- Sí, empieza con Sara y Penélope saliendo de una casa, en la puerta son interceptadas por El Laucha y sus dos “secuaces” (uno de los puntos fuertes del film sólo que se los nota menos que a los otros personajes) y comienza una discusión entre Sara y el Laucha mientras que, al fondo del cuadro, se ve a Penélope charlando con uno de los secuaces; la discusión termina con una advertencia de el Laucha que se sube a un auto y se va con sus socios, al tiempo que Penélope intenta consolar a Sara mientras parten al baile. La escena está resuelta en un solo plano, sin plano-contraplanos y con profundidad de campo; es de noche y pese a que el plano es cerrado, hay al menos cinco personajes involucrados en él; entonces, el film inicia con una salida y una disputa, casi una sórdida pelea matrimonial, o ex-matrimonial. Y no es casual que finalice con una visita, casi un reencuentro; con Juan Cruz que cruza unas palabras con Sara y ésta lo invita a pasar a la casa, allí también está Penélope. Es un plano  abierto, que respira, es de día y alguien va a entrar, plácidamente, a la misma casa donde comienza, un tanto sórdidamente, De caravana.
Algo ha sucedido en ese trayecto que va de la oscuridad a la luz, de los gritos a la calma, de la asfixia de un estado de angustia, cercado y acotado a un pasado reciente, al alivio de una situación distendida, despejada y resguardada por un horizonte presente. En ese algo, en ese devenir del film, hay una irrupción y dos exclusiones. La de un fotógrafo pequeño burgués que se introduce por azar -aunque tal vez no inevitablemente- no tanto en sucesos que no puede manejar (al final se verá que los maneja bastante bien) sino en un mundo de clase desconocido el cual deberá habitar de aquí en más. Un aprendizaje. La de dos dealers casi barriales con los cuales es imposible dialogar (día= a través de) al menos en términos que no sean los suyos; uno de ellos porque no hay instancia posible de comunicación y el otro porque es excluyente, se debe estar con él. Y entonces, el film, Rosendo Ruiz (no el guión) se desprende de ellos, encarcelándolos -la tragedia de el Laucha era el título primigenio de José- esfumándolos, haciendo que no estén. Lo contrario hubiera sido convertir una intrusión en una permanencia efectiva, un interregno pequeño delictivo en una pertinencia vivencial. Una clausura.
Porque De caravana es un tránsito hacia un espacio posible de convivencia, sostenida por el inicio de una relación amorosa, acicateada por la extinción de una historia de amor, mantenida trémula y frágilmente, sobrevolada coralmente. ¿Puede haber una instancia posible donde sortear las diferencias no sea someterse o sojuzgar a esa diferencia?. Puede; pero no es ni en el baile, ni en los bares y los antros de la noche, ni en los nuevos hogares ni en los barrios privados, por supuesto. No es una geografía, es una disposición. Es por esto que la discusión acerca de si De caravana nos muestra o no a Córdoba, de qué manera, a través de cuales o tales postales citadinas, por medio de éste u otro personaje folclórico, ingenua o maquiavélicamente, mirando por encima del hombro a los personajes que retrata o parándose junto a ellos, no tiene otro sentido que encerrar al film dentro de un provincialismo cómodo, digerible, exportable, descartable. Encerrar a De caravana en un paseo por Córdoba es como encerrar a Yatasto en una vista de la pobreza, porque hay en ambos, más allá de sus visibles diferencias temáticas y narrativas y no tan visibles acuerdos formales, una preocupación fundante por mostrar los espacios que recorren, que andan, que habitan sus personajes; es como los alrededores y el techo del colegio de Escuela, es el allí afuera, lo público, que es donde convergen las conductas, estos films y, tal vez, el cine desde siempre. Ver aquí un lugar (que no es cualquier lugar) es sólo ver lo que se quiere o lo que se desea o lo que nos dicen que hay que ver.
Hay un movimiento constante en De caravana, un abrirse al mundo y un refugiarse en “mi” mundo, hay una búsqueda por trascender una breve temporalidad o por permanecer dentro de ella, hay intersticios donde se confluye y zonas impenetrables, hay una incompletitud. Las caravanas se terminan, las películas pueden seguir.

José Fuentes Navarro – Fernando Pujato

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Ciclo : SONIDOS Y VISIONES

25/5:Intrument  de Jem Cohen 1998,  USA. 115  min.

Si la palabra independiente todavía tiene sentido, la banda postpunk(o casi) Fugazi fue uno de las pocos grupos que se lo tomaban en serio: Tenían su propio sello, vendían sus discos y entradas a recitales a precios irrisorios, no vendían remeras  en sus conciertos, no filmaban videoclips, etc. Jem Cohen amigo de uno de los integrantes de la banda los filmo en diferentes formatos (súper 8, 16mm, video) a lo largo de su carrera y el coherente resultado es Instrument . Un tour de force placentero de los distintos estados de la banda, sus giras, grabaciones y fans. Esa independencia que maneja la banda la trasmite Cohen al documental intercalando los formatos, algunos diálogos e imágenes de recitales con una libertad irreductible.

José Fuentes Navarro

Cinéfilo. San Juan 1020. 20:30 hs.

Todos los miercoles de mayo.

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Ciclo : SONIDOS Y VISIONES

18/5: Krautrock: The Rebirth of Germany de Ben Whalley 2010,  Reino Unido . 60 min.

Una verdadera sorpresa este documental para la BBC, que en una hora realiza un mapeo de las diferentes bandas que formaron parte del llamado krautrock : Neu, Can, Faust, Cluster, el primer Kraftwerk ,etc. La base del film esta dada por el gran manejo del brillante material de archivo utilizado. Su inteligencia es investigar sobre la génesis de un movimiento sin antecedentes claros en la música popular occidental y sus conexiones con el estado de la sociedad alemana de la época: Los resabios de nazismo después de la segunda guerra, las ebullentes revueltas estudiantiles, los grupos terroristas y la participación de los jóvenes cineastas (Fassbinder, Herzog, Wenders) en el movimiento. Vampirización de artistas conocidos mediante (Bowie,Eno) es impresionante ver como estas casi secretas bandas continúan sus carreras casi cuarenta años después siendo tan inusuales como en sus comienzos.

José Fuentes Navarro.

Cinéfilo. San Juan 1020. 20:30 hs.

Todos los miercoles de mayo.

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Ciclo : SONIDOS Y VISIONES

11/5: Scott Walker: 30th Century Man de Stephen Kijak 2006,  UK/USA . 95 min.

Documental enfocado en la carrera musical del extraordinario Scott Walker desde sus días de teen star con los Walker Brothers hasta su último álbum hasta la fecha The Drift. Walker es quizás junto a Bob Dylan el enigma mas grande del pop/rock .Después del fracaso de su cuarto disco solista prácticamente desapareció de la escena musical. Cuando vuelve a mediado de los 80s lo hace con discos cada vez mas esporádicos y complicados. El formato convencional que elige Kijak en este caso es pertinente porque el film sirve como introducción  a la obra de Walker quien después de muchos años accede a ser entrevistado. Y permite la entrada de una cámara al estudio para observar su método de grabación .Que incluyen excentricidades tales como una percusión con un costillar  de cerdo(?).A su vez permite preguntarse que paso con una industria que antes permitía el transito de una estrella pop a músico avant –garde.  No es de imaginar a Justin Bieber diciendo: esto me suena a Sibelius.

José Fuentes Navarro

Cinéfilo. San Juan 1020. 20:30 hs.

Todos los miercoles de mayo.

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Ciclo Mercado Persa (¡Free Panahi!)

La vaca, de Darius Mehrjui, Irán, 1969.

Rostros. Rostros de ancianos detrás de unos arbustos, cruzándose frente a cámara, asomándose desde una pequeña ventana. Figuras. Figuras de mujeres sentadas en el frente de una casa, de hombres mirando desde una improvisada atalaya. Y niños, correteando con antorchas de fuego, prestándose a una juego un tanto macabro con el “loco” del pueblo -dicen que en todos los pueblos siempre hay alguno. Y lo que parece en principio ser una travesura infantil presidida por un muchacho un tanto mayor, un tanto inconscientemente cruel, culmina siendo una suerte de pasatiempo grupal, de edad y de género. Los hombres adultos están al margen, tomado té, quejándose de los vecinos paganos que les roban y saludando a Hassan, que llega con su vaca (la única del pueblo) después de haberla bañado en el río.

Y todo eso que está presente en los primeros minutos del film, todas esas callejuelas sin orden aparente, esas casas escondidas tras las paredes de terracota, esa pileta de agua comunal, esa pequeña aldea sin nombre de algún rural del Irán profundo, es lo que no se había visto hasta entonces. Y todas esas caras y esos cuerpos atravesados por un tiempo sin edad, por un clima sin refugio, por una geografía hostil conquistada diariamente, rezada matinalmente en la silueta sobre el techo que apunta hacia la Meca, tras los vestidos negros y los velos que llegan hasta donde se es permitido mirar, tal vez estaban también en la poética desgarradora de La casa está oscura (1962) o en la impiadosa soledad de Naturaleza muerta (1974); pero aquí sólo había un par de anciano, y allí todo era un hospicio. ¿Los albores de un cine tal y como lo conocemos hoy? ¿ese salto sin escalas -sin ese casi obligatorio período clásico-  hacia la modernidad?. Tal vez. Tal importe.

En todo caso, lo que verdaderamente importa es este doble registro colectivo y público; porque lo que le ocurre a la vaca de Hassan y, por consiguiente, lo que sucede con él, es de la incumbencia de todos, pues allí todos se conocen: es el “viejo” Hassan, es uno de nosotros. Porque es en ese discurrir social donde el acontecimiento cobra significación, en torno al centro del poblado, en sus contornos inmediatos, en ese allí afuera que permea y estructura el sentido de lo cotidiano.

Es en esta inscripción dual donde está asentada la puesta de La vaca, que oscila permanentemente entre un acontecer diurno fracturado por un suceso extra-ordinario y un acaecer nocturno asediado por ladrones vecinales, incursiones vengativas y amores furtivos; que pone en escena extraños ritos propiciatorios cuyos ocultos secretos sólo conocen las mujeres e ilusorios intentos mundanos por remediar lo ocurrido cuyo fracaso pertenece sólo a los hombres. Un mundo categórico. Y la vista de un Irán no visto, cuyo único discurso es darlo a ver, sin encerrarlo en estampas folclóricas, en añoranzas pastoriles, en exculpaciones aldeanas.

Mientas una vida se extingue hay una promesa matrimonial, mientas algo culmina, hay algo que comienza. La lluvia cae por igual para los que se van y para los que se quedan, para los que ya no están y para los que, posiblemente, seguirán estando. Había que esperar unos años, tan sólo dos décadas, para que Abbas Kiarostami condense en un film esta particularidad universal, este vaivén tan terrenal como divino. El film de Mehrjui se llama La vaca, hubiera podido llamarse Y la vida continúa. Tanto en ese pequeño (gran) lugar. Tanto como en el cine.

Fernando Pujato.

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