Sobre De Caravana de Rosendo Ruiz.
Lo que sigue es una evocación. Como siempre hacemos al momento de terminar de ver una película, luego del preestreno de De caravana charlamos con José (el co-responsable de este blog) dándole vueltas al film, dando vueltas alrededor de él. No estoy muy seguro de que lo que sigue no sea más que un recuerdo borroso, incompleto y sesgado, de aquella charla. En todo caso trata de algunas cuestiones -casi señalamientos- que nos parecieron más relevantes que desentrañar la historia que se cuenta y hablar de los personajes involucrados en ella. El comienzo fue más o menos así:
- ¿Te acordás cómo comienza la película?.
- Sí, empieza con Sara y Penélope saliendo de una casa, en la puerta son interceptadas por El Laucha y sus dos “secuaces” (uno de los puntos fuertes del film sólo que se los nota menos que a los otros personajes) y comienza una discusión entre Sara y el Laucha mientras que, al fondo del cuadro, se ve a Penélope charlando con uno de los secuaces; la discusión termina con una advertencia de el Laucha que se sube a un auto y se va con sus socios, al tiempo que Penélope intenta consolar a Sara mientras parten al baile. La escena está resuelta en un solo plano, sin plano-contraplanos y con profundidad de campo; es de noche y pese a que el plano es cerrado, hay al menos cinco personajes involucrados en él; entonces, el film inicia con una salida y una disputa, casi una sórdida pelea matrimonial, o ex-matrimonial. Y no es casual que finalice con una visita, casi un reencuentro; con Juan Cruz que cruza unas palabras con Sara y ésta lo invita a pasar a la casa, allí también está Penélope. Es un plano abierto, que respira, es de día y alguien va a entrar, plácidamente, a la misma casa donde comienza, un tanto sórdidamente, De caravana.
Algo ha sucedido en ese trayecto que va de la oscuridad a la luz, de los gritos a la calma, de la asfixia de un estado de angustia, cercado y acotado a un pasado reciente, al alivio de una situación distendida, despejada y resguardada por un horizonte presente. En ese algo, en ese devenir del film, hay una irrupción y dos exclusiones. La de un fotógrafo pequeño burgués que se introduce por azar -aunque tal vez no inevitablemente- no tanto en sucesos que no puede manejar (al final se verá que los maneja bastante bien) sino en un mundo de clase desconocido el cual deberá habitar de aquí en más. Un aprendizaje. La de dos dealers casi barriales con los cuales es imposible dialogar (día= a través de) al menos en términos que no sean los suyos; uno de ellos porque no hay instancia posible de comunicación y el otro porque es excluyente, se debe estar con él. Y entonces, el film, Rosendo Ruiz (no el guión) se desprende de ellos, encarcelándolos -la tragedia de el Laucha era el título primigenio de José- esfumándolos, haciendo que no estén. Lo contrario hubiera sido convertir una intrusión en una permanencia efectiva, un interregno pequeño delictivo en una pertinencia vivencial. Una clausura.
Porque De caravana es un tránsito hacia un espacio posible de convivencia, sostenida por el inicio de una relación amorosa, acicateada por la extinción de una historia de amor, mantenida trémula y frágilmente, sobrevolada coralmente. ¿Puede haber una instancia posible donde sortear las diferencias no sea someterse o sojuzgar a esa diferencia?. Puede; pero no es ni en el baile, ni en los bares y los antros de la noche, ni en los nuevos hogares ni en los barrios privados, por supuesto. No es una geografía, es una disposición. Es por esto que la discusión acerca de si De caravana nos muestra o no a Córdoba, de qué manera, a través de cuales o tales postales citadinas, por medio de éste u otro personaje folclórico, ingenua o maquiavélicamente, mirando por encima del hombro a los personajes que retrata o parándose junto a ellos, no tiene otro sentido que encerrar al film dentro de un provincialismo cómodo, digerible, exportable, descartable. Encerrar a De caravana en un paseo por Córdoba es como encerrar a Yatasto en una vista de la pobreza, porque hay en ambos, más allá de sus visibles diferencias temáticas y narrativas y no tan visibles acuerdos formales, una preocupación fundante por mostrar los espacios que recorren, que andan, que habitan sus personajes; es como los alrededores y el techo del colegio de Escuela, es el allí afuera, lo público, que es donde convergen las conductas, estos films y, tal vez, el cine desde siempre. Ver aquí un lugar (que no es cualquier lugar) es sólo ver lo que se quiere o lo que se desea o lo que nos dicen que hay que ver.
Hay un movimiento constante en De caravana, un abrirse al mundo y un refugiarse en “mi” mundo, hay una búsqueda por trascender una breve temporalidad o por permanecer dentro de ella, hay intersticios donde se confluye y zonas impenetrables, hay una incompletitud. Las caravanas se terminan, las películas pueden seguir.
José Fuentes Navarro – Fernando Pujato




