Verano de Goliat, de Nicolás Pereda. México-Canadá, 2010.
La pose
No es Juntos con sus anodinos personajes entablando conversaciones intrascendentes sobre heladeras y abuelas en largos planos fijos interiores, o deambulando erráticamente por la “belleza” de la floresta mexicana en largos planos secuencia. Tampoco es una variente azteca de Costa o de Weerasethakul tan sólo porque aquí exista una carta o una vista selvática. La misiva poética que recita Ventura a lo largo de todo JEM, que intenta aprender Lento, que engloba sus vidas, allá, en Cabo Verde, tenía su esbozo primigenio ya en Casa de Lava y no es casual que se la lea en un contexto recordatorio neocolonial. Desde Blissfully Yours en adelante la selva tahilandesa es un lugar de tránsito efectivo, de ensueño y de mitos primigenios, un lugar en el que habitan seres de este y otro mundo y que forma parte indisoluble de la cultura de un país que, trémulamente, vamos conociendo. Y el pop.
No es posible, ni saludable, ni conveniente que cada vez que alguien lea o escriba una carta, o que alguien camine o vagabundee por una selva aparezca el remite a Costa, o remite a Weerasethakul, o remite a ambos. Esto es una comodidad.
No sólo estamos aquí en un contexto diferente (otro país, otra cultura y los lugares comunes de siempre), sino que las intenciones, lo que se dice, lo que se ve, son diferentes. En Pereda, las secuencias de la carta, su redacción, su lectura, su aprendizaje, son más bien juguetonas y están acotadas a este film, y las que transcurren en la selva son más bien apostillas de un lugar no habitado, que no conecta con otros espacios (el habitado, el “civilizado”, el del permanencia) aunque sí pueda ser un lugar donde se juega y donde se ejerce la violencia, un lugar del cual servirse.
Es cierto que aquí hay un intento por trascender la abulia vivencial de su film anterior, trasladando la acción desde la vista de una clase burguesa más o menos acomodada al registro de una clase social más o menos deposeída, y tambien otorgarle al film un estatuto indeterminado, una narrativa fragmentada, una suerte de rompecabezas que nunca podrá ensamblarse, un puzzle fílmico por la negativa -esto no es ficción, esto no es documental, esto no es.
Es cierto también que a la preocupación por el encuadre, el sonido y la luz, se le ha sumado un cierto desenfoque y un vaivén expositivo entre secuencias marcadamente lúdicas, terriblemente violentas, exasperantemente cotidianas; no hay dudas de que Pereda conoce su oficio (técnico) y de que sabe filmar, como se dice comúnmente. Pero todo esto también es una comodidad.
En un cierto sentido, el del cine, Verano de Goliat es una postura; no tanto en el “miren que bien que filmo” sino más bien en el miren como filmo a los otros, a los que no pertenecen a mi clase social, a los que no pertenezco. Miren como juegan, como se pelean, como sufren, como ejecutan. MIren a esta señora, que puede tener cualquier edad de la edad de su tierra, vendiendo cosméticos a los fuera de campo sabiendo que nosotros sabemos que sabe que está actuando; miren a esta pobre mujer abandonada por su marido, cargando con la inutilidad de su hijo, derrumbándose en una casucha miserable, vistiéndose con la ropa de su amor traicionado, gimiendo y arrastrándose hasta el límite de “mi” plano fijo; miren a estos niños y adolescentes enajenados, capaces de llorar por una mujer y de emborracharse, de matar impunemente y de posar frente a cámara, pero también de jugar. Demostrar no es lo mismo que mostrar aunque a veces lo parezca, o se lo confunda, o se lo solape.
En otro cierto sentido, que va un tanto más allá del cine pero que guarda una estrecha relación con él, los más significativos films mexicanos de los últimos años ( Batalla en el cielo, Parque Vía, Los Bastardos y éste) parecieran estar lidiando con un estado estructural de violencia de todo tipo: institucional, de raza, de clase, de género. Hay aquí algo que rastrear, algo que tal vez llegue hasta la conquista y quizá antes, cruzado por las relaciones con el vecino del Norte, atravesado por los cárteles, acicateado por un horizonte nacionalista. No parece ser casual que ésto se traslade a las películas donde, tampoco es casual, el estallido de la violencia, simbólica o no, es inevitable, casi un estado natural de la sociedad mexicana -aunque sabemos que la naturaleza no tiene nada que ver aquí.
Ubicar a Verano de Goliat en este contexto, intentar despejar las tensiones que se perciben dentro de él, y descentrarlo de la (auto)complacencia esteticista podría ser, tal vez, más provechoso o más interesante o menos previsible, que ir tras la caza visual de sus símiles cinematográficos, caer en sus “trampas” visuales, o celebrar una emergencia autorial, enfants terribles despuntando en la periferia de la Industria pero en el centro de los festivales. Cuando una estética asume una forma, los modos y las maneras dejan de pertenecerle.
Fernando Pujato.






