Elegía oriental, de Alexander Sokurov, Japón-Rusia, 1996
¿Cuánto tiempo se puede sostener el plano de un rostro que no habla? ¿Qué dicen las convenciones, los manuales, los catadores de imágenes? Nada, no pueden decir nada. No existe un tiempo para medir el devenir del tiempo, al menos no en el cine, al menos no todavía.
Y no es que Elegía oriental sea un film acerca del tiempo, es más bien que éste subtiende, delinea y jerarquiza la puesta en escena de aquél; planos largos cuando Sokurov importuna a sutiles fantasmas japoneses con preguntas cegadoramente rusas (“¿qué se le puede pedir a Dios?, ¿por qué hay tanta tristeza en la poesía?, ¿qué es la felicidad?”) menos extensos y situacionales cuando escudriña en las casas de esa aldea filmada como Kurosawa y Mizoguchi hubiesen querido filmar -aunque una mixtura de Los siete samurais y El intendente Sansho probablemente igularía este prodigio- una luz que delate alguna ensoñadora presencia a la cual visitar, decididamente más cortos en los jardines y las estatuas que habitan en el exterior de un lugar invadido por la bruma, envuelto en cantos de sirena orientales, ecos de música clásica y vientos fantasmagóricos. Todo el tiempo “real”, justo y necesario para abrir una puerta y que esa silueta inquietantemente parecida a Tarkovski -o quizá sea él pero no un deseo de parecerse a él- se asome a contraluz en el marco de un plano que Godard pondrá en la segunda entrega de Historia(s) del cine. Y, finalmente, el tiempo mismo del film, cerca de la poiesis cinematográfica de Eliot del “sólo a través del tiempo se conquista el tiempo” y que soslaya cualquier intento por delimitarlo en una categoría métrica. Los homenajes fílmicos, las visitas no guiadas y las conversaciones fantasmáticas duran lo que tienen que durar los homenajes, las visitas y las conversaciones en una pantalla de cine, la imaginación debería ocuparse del resto.
Más de una década después Sokurov filma, en esa maravillosa película que es El Sol, la sombra de una divinidad atrapada entre un mandato celestial y el deseo mundano de una conversión cotidiana. Tal vez era necesario que un peregrino de la Madre Rusia deambulara por una pequeña isla hecha a la medida de sus sueños para que un cineasta ruso continuara recreando las formas temporales del cine.
Filmar fantasmas extrañamente familiares sin los habituales atuendos del olvido parece ser una práctica habitual entre ciertos amigos de esa Isla.
Una vida humilde, de Alexander Sokurov, Japón-Rusia, 1997
Se podría escribir un tratado, o un análisis serio, acerca del trabajo con el sonido y la luz en relación con los espacios de la casa en el film de Sokurov, de como en un principio transitamos por un lugar que parece vacío escuchando las pisadas -¿de aquél que filma?, seguramente-, los ruidos que provienen desde el exterior y que susurran en los pasillos, en el piso, que mueven las llamas del bracero. También se podría escribir acerca de como esa casa adquiere una dimensión humana, poco a poco, como pidiendo permiso para filmar una presencia, “la” presencia de esa casa, tan ajena a Sokurov como a nosotros, y de como una profunda sensibilidad (rusa) tiene que habérselas con silencios y confección de kimonos, rezos contemplativos y cotidianidad resolutiva. Y entonces llega un momento en que todo parece poblarse, todo eso está vivo, respira, y los peregrinos-monjes que esperan en la puerta una (humilde) ofrenda de lo que sea invaden el espacio en un plano que parece “momificado”, una pintura, un exquisito dibujo, pero que se mueve, el cine esta allí. Y está también en la lectura de las poesías, tristes pero no nostálgicas, que la anciana lee para Sokurov, para nosotros, para mostrarnos, una vez más, que no se trata de penetrar los recónditos designios de una (otra) humanidad, develar algo así como la psicología de un pueblo a través de una figura que, casi, existe sólo para Sokurov y para nosotros. Se trata del tiempo, el de la casa y el del trabajo, el de la anciana y el de aquellos que ya no están; el de la soledad. Se trata de detenerse filmando, de ver esa danza, todo se mueve aunque necesitemos tiempo- el del film, el del cine- para movernos junto a otras maneras de frecuentar por él. En Elegía Oriental los fantasmas presiden, se conversa con ellos, se aprende de ellos; acá se platica con la porfiada existencia de un estar en este mundo. El cine se trata de esta conversación.
Fernando Pujato.

