Meek´s Cutoff, de Kelly Richardt, USA, 2010.
La historia es más o menos conocida: un grupo de pioneers se adentra en el desierto de Oregón en 1845 guiados por un tal Meek buscando un lugar para comenzar de nuevo, establecerse, posicionarse en la América que estaba despuntando, inscribirse en el curso de su Historia. Y, por supuesto, se pierden, se sospecha de las intenciones y el profesionalismo del rastreador, las provisiones se agotan, falta el agua, y la travesía se convierte en poco menos que una pesadilla, un pesaroso deambular a través de un paisaje duro, despiadado, casi arrasador. Pero en realidad aquí no importa tanto si Meek efectivamente ha extraviado el rumbo, cuáles serán sus derivaciones, si los sufridos pioneros van a devenir en personajes pusilánimes o cobardes, heroicos o estoicos, de una caravana hacia la nada y, ni siquiera, si lograrán sobrevivir al precio de lo que sea; acá lo que importa es una intrusión. Porque en los atardeceres de las deliberaciones masculinas acerca de si lo que se debe hacer es proseguir, volver, o ejecutar a Meek, y en los amaneceres de las quejas femeninas de que prender una fogata, cocinar y demás se ha convertido en un trabajo de esclavos, en todas esas vistas panorámicas de una geografía que excede cualquier presencia humana, en medio de la confusión, el dolor y la desazón de intuir -casi de saber- que no hay salida posible para una situación imposible, aparece la figura de otro indígena, aquél que con su sola presenciabiará el curso de todo y operará un giro en el film.
Y entonces las deliberaciones y las quejas se mudan a otra figura; ya no el consenso más o menos democrático hacia un horizonte redentor y el sobrellevar tozudamente los ásperos quehaceres cotidianos, sino más bien la secreta esperanza de que un “salvaje”, voluntariamente o no, los conducirá al agua, a la vida, ya no sólo el paisaje abierto e inconmensurable sino más bien la alternancia con un registro un tanto más cerrado sobre los cuerpos fatigados, atravesados por el tiempo y los rostros curtidos, transidos de dolor. Y entonces lo que había comenzado como un ¿neo? western no tanto feminista -si es que esa palabra aún existe- como sí sugerente en cuanto al ambivalente desicionismo público masculino, no tanto cargado con la retórica de esa pretérita epopeya expansionista que sigue informando buena parte de la historia norteamericana y del cine hollywoodense como sí el atisbo de un promisorio asentamiento colonial ocluido en su propio devenir, en el vórtice de una situación excéntrica, ni esperada, ni deseada, ni buscada (un azar), aparece la vista de dos civilizaciones encontradas que no posibilitará una declamada comunión o la clausura de un feroz exterminio o el inicio de una genuina comprensión intercultural. Posibilitará continuar con un viaje aunque éste lleve hacia una urbe futurista o el pasaje hacia ningún lugar.
Es esa condición de posibilidad la que lleva al personaje femenino interpretado por Michelle Williams a intentar un acercamiento, estratégico o no, con esa otredad casi incomprensible, a procurar sortear la imposibilidad de una comunicación lingüística y la restricción de género. A veces se lo logra y otras no, hay ocasiones en las que el discurso y la bonomía religiosa alcanzan, y otras en las que hay plantarse rifle en mano para salvaguardar esa vida que podría merecerse en otras vidas. Aunque, finalmente, ese plano cerrado de un rostro quieto refugiado en la sombra de un árbol protector y ese plano abierto de una silueta caminando hacia la vastedad paisajista, esa mirada recíproca de dos mundos apenas percibidos, tan distintos como cercanos, es quizá la constatación de un abismo vivencial acaso infranqueable y la puesta en escena de una ética fílmica. En Meek´s Cutoff nadie huye, se intenta permanecer. En el cine muchos demuestran, Kelly Reichardt trata de mostrar.
Fernando Pujato
