Señalamos el estado del Mundo para ilustrar una doctrina, nunca para probarla.
Alasdair MacIntyre
¿Morir por la fe, por una creencia religiosa? ¿morir en nombre de ella o para ella, para salvaguardarla? Si se vive en ella, ¿es necesario morir también en ella? Probablemente sean también otras preguntas las que dispara el film de Beauvois en torno ya no tanto a una de las grandes religiones mundiales -expansionista, intolerante, colonizadora, conquistadora y todo lo que se quiera- sino más bien el modo que ésta asume en un lugar y en una época determinada, en un contexto específico, con rostros y nombres propios, con vidas que sobrellevar. Contestar cualquiera de ellas, sean las que sean y surjan de donde surjan, quizá no sea lo más importante; al menos para un film que no persigue ese sublime, equívoco e imposible propósito humano. Persigue sólo el mostrarlas.
Sí, pero ¿cómo? Hay algo aquí en el orden de El gran silencio, de Philip Gröning, esa alternancia entre labores cotidianas y rezos comunitarios, entre un objetivo casi sublime (encontrarse en Cristo) y aquello que se debe hacer como criaturas terrestres en procura del diario vivir. Pero si la vista de unos monjes cartujos clausurados en ese monasterio despojado de cualquier esbozo cosmopolita, poblado de sombras y ausente de diálogo es, por ponerlo en términos indubitables, la constatación de que los lindes de la extrañeza son mucho menos marcados de lo que, folclore mediante, siempre se supuso, la de unos monjes trapenses asistiendo a ritos de pasaje y oficios musulmanes, deambulando por calles, mercados, rutas y despachos gubernamentales, atrapados en un conflicto no tanto ajeno como inesperado, reunidos en asambleas decisionistas inter e intraculturales, intentando seguir conectados con su Dios tratando de comprender la fe de los otros es, al menos, turbadora y, probablemente, más sugestiva de lo que parece en un principio.
No sólo porque el registro en el espacio más o menos acotado del monasterio supone un habitar no oclusivo, circulatorio, y en el afuera uno no apropiativo, relacional, sino también porque esos espacios van siendo invadidos por la violencia, simbólica o no, de un estado de cosas inmanejable para cualquiera de los involucrados en ellos; ya no contienen ni pueden mostrar demasiado, ya no el nicho más o menos protector o las visitas no guiadas hacia la diferentia, ya no el amable horizonte hacia un entendimiento propio y ajeno. El presente ya no es el lugar, es el miedo.
Que no es precisamente, o solamente, el temor de no poder cumplir con aquella elevada misión catequista que aparece, de tanto en tanto y no siempre de manera axial, en el comportamiento público y privado de los monjes como personajes institucionales, sino más bien el miedo físico a perder la vida, el intuir o el sospechar o el saber que la muerte se encuentra tan cerca como ese helicóptero de las fuerzas “regulares” sobrevolando amenazadoramente el monasterio, o cualquiera de las incursiones nocturnas de las fuerzas “rebeldes” en busca de medicamentos o asistencia médica; y entonces se duda, de la fe, de su fuerza, de su alcance y, por sobre cualquier otra consideración celestial, de si ésta es suficiente para resolver lo que hay que resolver mundanamente: quedarse o partir.
Esto es lo que realmente vertebra un film al cual sería insensato o absurdo o equivocado exigirle un estudio etnográfico acerca de las relaciones que se establecen entre un pequeño grupo de religiosos franceses cristianos y un grupo un tanto más numeroso de religiosos y creyentes musulmanes, o que lanze una invectiva -admonitoria, feroz y letal como corresponde- contra la colonización francesa, o que explique sin embagues los vaivenes políticos, la situación económica, el formato social y el ethos del pueblo argelino; exigirle que se ocupe del otro.
Que no está, precisamente, relegado a la categoría de elemento decorativo (un habitante del lugar), como acompañante circunstancial u oficioso, como un mero reflejo especular, como un elemento exótico, como alguien que hay que exorcizar. En algún cierto sentido -el sentido del film- él es la causa eficiente por la cual se debaten los monjes, es él el que debe ser comprendido en sus justos términos como alguien para el cual la religión no forma parte de su sistema cultural, es su sistema cultural. Y si el film logra que podamos intuir qué se siente cuando se toma una decisión crepuscular sin apelar a un sentido mesiánico del deber, sin invocar un misticismo superior, sin beatificar, vanogloriar u honrar, sin recurrir a la heroicidad, es tan sólo porque esa otredad no es una excusa. Es un leivmotiv vivencial, provenga de donde provenga, estemos de acuerdo o no con esa procedencia.
En algún otro sentido -que también es el del film- la invocación a Dios, a la comunión en el amor, a la certeza de que hay un sendero, un camino, una existencia, o lo que sea, por el que vale la pena renunciar a la familia, los hijos y el país, que la gracia despejará todas las dudas y contestará todas las preguntas y que, finalmente, será en el Paraíso donde se podrá aprehender aquello que fugaz y transitoriamente se roza en este mundo, es una historia un tanto más conocida pero quizá por esto -o tal vez a causa de esto- es que De dioses y de hombres logra lo que en El árbol de la vida, con nada menos que la génesis de nuestro Universo y con nada más que el manoseado dramón familiar freudeano, es una insinuación un tanto exagerada: conectar la cumbre de lo Divino con una conducta terrena y mostrar el absurdo de la muerte, de cualquier muerte.
Esto es lo que está en el plano de esos dos hombres dialogando acerca del extravío de la fe en la probidad de este sitio, abrazados en aquella elevada convicción y en esta ominosa realidad. Esto es lo que está también en esa última escena bajo la nieve de una hilera de humanidad encontrada que se pierde en la bruma, indistinguibles siluetas de un fatal porvenir. Esto, que siempre estuvo en el cine, es la universalidad de todas las pequeñas cuestiones de nuestra especie. Y la frase de MacIntyre, por supuesto.
Fernando Pujato
