Río Lobo, de Howard Hawks, USA., 1970.
Que cierra la trilogía de Río Bravo y El Dorado, que es una suerte de remake menor de estas dos, que por ser el último filme de Hawks adquiere un tono crepuscular, que John Wayne está gordo y viejo y apenas puede cabalgar, que los intérpretes secundarios actúan menos que regular, que Jorge Rivero se expone al ridículo (esto es una idea mía) con sus calzoncillos largos color rosa y que, finalmente, como señala el gran Serge Daney “sólo sucede una cosa en Río Lobo: el “hijo” -al que Wayne le había encargado custodiar el oro- muere por estar imperfectamente castrado (los dardos de los insectos quedaron en su interior)”. Tal vez haya algo de todo esto en el filme -sobre todo los calzoncillos de Rivero y sobre todo para aquellos que piensan que el mejor Hawks no es precisamente el último- pero también todo esto no es suficiente para dar cuenta de él. Además de las amistades viriles, el cumplimiento del deber cívico y militar y la presencia femenina como ítem aglutinante y resolutivo, además de un final justiciero y piadoso, de una críptica lectura lacaniana y, por supuesto, de sus maravillosos peronajes y de lo bella que está Jennifer O´Neill, hay en Río Lobo no sólo una inversión de la función de la Ley en la figura del sheriff corrupto al servicio de intereses más lucrativos que su salario sino, sobre todo, que el espacio físico y simbólico que garantizaba su funcionamiento al servicio de las libertades individuales ya no es suficiente -nunca lo fue pero aquí más que nunca- para contener nada, para aglutinar nada, para refugiarse.
Aquél lugar protector de Río Bravo (la oficina del sheriff, el algualcil o como se lo llame) ya no existe como tal sino más bien como una pervivencia tenaz pero casi inútil; ese interregno entre la primera parte del filme, la guerra sececionista, el robo del oro, el fin del conflicto y una confesión, y la segunda parte, un pueblo fantasmagórico, un secuestro y un rescate y una venganza por partida doble, es la oficina de la Civilización, el lugar público, protector y casi intocable que une, como último acometido, los espacios abiertos pero también la bisagra que clausura, para un lado, un mundo conocido pero que ya no puede ser más, y abre, para otro lado, un mundo no tan desconocido, pero sí desestabilizador, que pugna por llegar a ser. Se venía el spaghetti western y el mainstream, se venía el post-Vietnam y el intervencionismo feroz, pero hasta que eso suceda, tanto en el cine como en la historia de los United States, el último filme de Howard Hawks conmociona por la apabullante sencillez de su forma, de su relato y de la porfía de mostrar que algunas conductas son preferibles a otras porque el anacronismo ético es tan sólo un discurso vacío. Y no es un canto del cisne. Es un placer.
Fernando Pujato.
