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Archivar como 26 diciembre 2011

Desde el Cinéfilo

Una lista y dos aclaraciones

Misterios de Lisboa (Raoul Ruiz)

Tournée (Mathieu Almaric)

Road to nowhere (Monte Hellman)

Instrument (Jem Cohen)

Los besos de emergencia (Philippe Garrel)

La Cecilia (Jean Louis Comolli)

Un Lago (Philippe Grandieux)

New Rose Hotel (Abel Ferrara)

Como si supieses todo (Hong Sang-soo)

Material blanco (Claire Denis)


Esta lista es tan sólo eso, un tanto provisoria, un tanto aleatoria y, por supuesto, casi totalmente arbitraria. En ella no están incluidas las películas del ciclo de los 90´que ya son una lista en sí misma, algunas obras maestras que rara vez figuran entre las diez mejores de la historia del cine como Sombras de nuestros ancestros olvidados, de Sergei Parajanov o Jaguar, de Jean Rouch, ni tampoco ningún film de Renoir, de Ford, de Chaplin, de Bresson, de Murnau, de Hawks, de Godard, de los Straub, de Rohmer, y de tantos otros con los cuales se podrían confeccionar varias listas más pero que, tal vez, terminarían por ser claramente canónicas y un tanto cómodas también. Pensar en el cine es también pensar en la incomodidad o, al menos, sentirla…y tratar de conjurarla.

Todo lo anterior -la cantidad y calidad de películas exhibidas en Cinéfilo durante este año- también tiene que ver con una entrevista realizada hace unos días a Rosendo (Ruiz) por Dominguez de la revista El Amante de la cual se desprende, con ese tono simpaticón al borde de la condescendencia, una idea del tipo “Rosendo baja del auto con una peli debajo del brazo, atraviesa el parripollo y unos cuantos comensales rodeados de pizza, birra (pero no faso) disfrutan de una función atípica de un Cineclub”; esto, como ya lo saben nuestros queridos espectadores (algunos más que otros; todos tenemos nuestras preferencias) no sólo es absolutamente falso, sino que da una idea de la cosa también absolutamente equivocada. Trabajamos bastante duro para programar los ciclos, escribir sobre ellos, subtitular algunos films, editar una revista con contenidos más o menos interesantes y demás etcéteras con los que se supone -nunca se está seguro de ello y ese es el desafío-  hemos logrado constituir el inicio de un espacio en el cual importa el cine, con todo lo que esto puede significar. No somos una banda informe de provincianos bajando de las sierras a lomo de lo que sea (los burros son para las postales) con un VHS de Un largo camino a casa, de Ford o Río Lobo, de Hawks (dos films exhibidos en Cinéfilo este año, uno en BluRay) pensando que ese es el único cine que se debe ver, ni un grupo de cinéfilos alienados complotando en la oscuridad ciclos maquiavélicos para que la gente no entienda absolutamente nada de lo que está viendo, y ni siquiera una banda cool de extravagantes con esos gestos tan a la moda de explotar la nostalgia de los 80´, el cine de clase B, la estela de Tarantino, o la mirada unidireccional hacia el Oeste o hacia el Este. Nos gusta el cine, probablemente estemos enamorados de él -y de algunas personas fuera de la pantalla- e intentamos aprender junto a un otro, circunstante o no, qué significa vivir otros mundos por un breve lapso de tiempo.

Si todo esto suena a un descargo de vagas razones ante una molestia (personal) por esa clase de notas que siguen mirando hacia el interior (esto es: fuera del radio de acción inmediata de, pongamos, la ciudad que gobierna Macri) como una suerte de descubrimiento allende a los mares o una variante genérica del Planeta de los simios (R)evolución, lo es. Pero también son esas vagas razones las que posibilitan seguir enfermos por “el arte de mostrar” daneysiano que hoy, tal vez más que nunca, amplía nuestro modo de estar en este mundo. Y nos gusta vivir en él.

Fernando Pujato.

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El planeta de los simios r(evolución), de Rupert Wyatt, USA, 2011

Hace poco más de cuatro décadas se estrenaba El planeta de los simios, de Franklin Schaffner, en la que una nave espacial tripulada por cuatro astronautas viaja a través del tiempo para aterrizar en lo que sería la Tierra más de dos mil años después de su partida; el futuro es un extraño pasado. Este año se estrenó El planeta de los simios r(evolución), de Rupert Wyatt, en la que un científico empleado de una multinacional que se dedica al negocio genético manipula unos chimpancés con una droga experimental que podría curar el mal de Alzheimer; el futuro como un inquietante presente. Entre estos dos filmes hay toda una saga que  aparece como una suerte de continuación del primero, uno más horrendo que el otro, entre los que destaca en 1973 La conquista del planeta de los simios, que sitúa la acción luego de una revuelta simiesca y una catástrofe nuclear, tan esquemático y pueril como los otros, aunque un excéntrico personaje autodenominado “gobernador”- de lo que queda de las otrora grandes ciudades- que dirige una incursión hacia un campamento ampliado de simios y humanos con los gestos de un general  romano y la dignidad de un senador tribunalicio y que muere en una emboscada tendida por unos traicioneros gorilas, logra que su visión sea, al menos, soportable.  Luego, silencio, o mejor, pantalla en negro hasta el 2001 cuando Tim Burton desembarca con El planeta de los simios en el que una nave tripulada por un chimpancé y otra por un ser humano son atrapadas por un túnel del tiempo espacial  para caer en nuestro planeta -nuevamente- miles de años después, y si bien las caracterizaciones físicas han mejorado, el resto es aún peor que antes: una caricatura impiadosa de los “malos” (todos simios, por supuesto), una inocente para con los primitivos (todos humanos, por supuesto) y una heroica para con el salvador circunstancial de nuestro mundo (un militar estadounidense, por supuesto). Parecía que ya no había nada que agregar a la historia, agotada ya en los 70´y en la que el tiempo, más que las especies antagónicamente representadas, seguía siendo lo que pivoteaba el relato acerca de éstas.

Pero quedaban los orígenes, insinuados en todos los filmes anteriores pero nunca desarrollados dentro de ellos. Casi como un gran fuera de campo los simios habían evolucionado hasta alcanzar un estadio civilizatorio -lenguaje, escritura, jerarquías sociales e institucionales y esa clase de cosas- mientras que los humanos apenas sobrevivían como los restos poco esplendorosos de una antigua, tenaz, devastadora y soberbia cultura dominante. Entonces, quizá lo que más destaca en el film de Wyatt sea la vista de aquellos principios que comienzan a socavar las inmodificable frontera que nos separa de la madre naturaleza y, en este sentido, no habría que exigirle al film algo más que esto, algo más que una explicación por fuera de un desarrollo evolutivo intrínseco; sólo nosotros y nada más que nosotros podemos, o estamos capacitados, para modificar el curso de la Historia toda. Pero tal vez lo más interesante no sea precisamente esto o la maniobra genética en pos de una cura –y alrededor de los negocios- que culmina en la aparición de César, el nuevo destinatario de la suerte de sus congéneres, sino más bien la vista de una relación deseada pero imposible y, sobre todo, un abandono: el del Padre.

Un tanto psicoanalítico probablemente aunque esto sea lo que, efectivamente, ocurre cuando James (Franco) deposita a César donde la Justicia cree que deben estar los chimpancés cuando atacan a un ciudadano que paga sus impuestos -y en el zoológico, claro. De allí en más el crescendo que va desde la toma de conciencia de una situación desesperada hasta la pequeña rebelión en el depósito de mascotas extravagantes y la salida a la calle, hacia lo público, hacia la libertad, cautiva, inquieta e incomoda. Estamos tan cerca -y a la vez tan lejos- de esa otra especie que es difícil no ver allí una situación que podría igualarse al otro lado de esa línea demarcada artificiosamente cuando el sapiens-sapiens inició su reinado, y acaso nociones como “conciencia”, “rebelión”, “libertad”, y otras que podrían aplicar en este caso, no sean un ardid del lenguaje para designar eventos que no tienen palabras; una suerte de trampa wittgensteniana. Lo que ocurre en el zoo carcelario puertas adentro y lo que ocurre en el film a partir de allí es la puesta en escena tanto de nuestra estúpida arrogancia como de esa ilusoria creencia de que sólo hay una cosa -la fabricación de utensilios, la posición erecta, el lenguaje, el inconsciente, el alma o lo que sea- que nos separó por siempre y definitivamente del resto de los demás animales; obviamente fueron todas esas cosas (aunque “alma” sea lo más discutible aquí) aunadas progresivamente las que posibilitaron la emergencia del hombre tal como lo conocemos y la epopeya es bastante conocida y bastante larga como para seguir dándole vueltas a un tema que el film comprime en unos pocos minutos.

Así como el film de 1968 estaba centrado en la figura de Charlton Heston como un lúcido y cínico representante de la raza humana y aprovechaba al máximo los espacios abiertos, casi inconmensurables, de una geografía desértica de la que era imposible aguardar algún tipo de contención, aquí la atención está puesta en los espacios cerrados por los que deambula César (un ascético laboratorio, una casa protectora, una ominosa prisión) que intentan contener lo incontrolable: los comienzos de una explicación del porqué aquella estatua de la libertad estaba semienterrada en una playa de un planeta que nadie imaginaba que podía ser el nuestro; más de cuarenta años de cine se tocan en sus extremos, en el medio no hay nada. En el mundo de Lewis Carrol los simios hablan, la primera palabra que pronuncia César es no. Las dulces primeras palabras siguen siendo, tal vez, nuestro único y exclusivo patrimonio.

Fernando Pujato

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