Una lista y dos aclaraciones
Misterios de Lisboa (Raoul Ruiz)
Tournée (Mathieu Almaric)
Road to nowhere (Monte Hellman)
Instrument (Jem Cohen)
Los besos de emergencia (Philippe Garrel)
La Cecilia (Jean Louis Comolli)
Un Lago (Philippe Grandieux)
New Rose Hotel (Abel Ferrara)
Como si supieses todo (Hong Sang-soo)
Material blanco (Claire Denis)
Esta lista es tan sólo eso, un tanto provisoria, un tanto aleatoria y, por supuesto, casi totalmente arbitraria. En ella no están incluidas las películas del ciclo de los 90´que ya son una lista en sí misma, algunas obras maestras que rara vez figuran entre las diez mejores de la historia del cine como Sombras de nuestros ancestros olvidados, de Sergei Parajanov o Jaguar, de Jean Rouch, ni tampoco ningún film de Renoir, de Ford, de Chaplin, de Bresson, de Murnau, de Hawks, de Godard, de los Straub, de Rohmer, y de tantos otros con los cuales se podrían confeccionar varias listas más pero que, tal vez, terminarían por ser claramente canónicas y un tanto cómodas también. Pensar en el cine es también pensar en la incomodidad o, al menos, sentirla…y tratar de conjurarla.
Todo lo anterior -la cantidad y calidad de películas exhibidas en Cinéfilo durante este año- también tiene que ver con una entrevista realizada hace unos días a Rosendo (Ruiz) por Dominguez de la revista El Amante de la cual se desprende, con ese tono simpaticón al borde de la condescendencia, una idea del tipo “Rosendo baja del auto con una peli debajo del brazo, atraviesa el parripollo y unos cuantos comensales rodeados de pizza, birra (pero no faso) disfrutan de una función atípica de un Cineclub”; esto, como ya lo saben nuestros queridos espectadores (algunos más que otros; todos tenemos nuestras preferencias) no sólo es absolutamente falso, sino que da una idea de la cosa también absolutamente equivocada. Trabajamos bastante duro para programar los ciclos, escribir sobre ellos, subtitular algunos films, editar una revista con contenidos más o menos interesantes y demás etcéteras con los que se supone -nunca se está seguro de ello y ese es el desafío- hemos logrado constituir el inicio de un espacio en el cual importa el cine, con todo lo que esto puede significar. No somos una banda informe de provincianos bajando de las sierras a lomo de lo que sea (los burros son para las postales) con un VHS de Un largo camino a casa, de Ford o Río Lobo, de Hawks (dos films exhibidos en Cinéfilo este año, uno en BluRay) pensando que ese es el único cine que se debe ver, ni un grupo de cinéfilos alienados complotando en la oscuridad ciclos maquiavélicos para que la gente no entienda absolutamente nada de lo que está viendo, y ni siquiera una banda cool de extravagantes con esos gestos tan a la moda de explotar la nostalgia de los 80´, el cine de clase B, la estela de Tarantino, o la mirada unidireccional hacia el Oeste o hacia el Este. Nos gusta el cine, probablemente estemos enamorados de él -y de algunas personas fuera de la pantalla- e intentamos aprender junto a un otro, circunstante o no, qué significa vivir otros mundos por un breve lapso de tiempo.
Si todo esto suena a un descargo de vagas razones ante una molestia (personal) por esa clase de notas que siguen mirando hacia el interior (esto es: fuera del radio de acción inmediata de, pongamos, la ciudad que gobierna Macri) como una suerte de descubrimiento allende a los mares o una variante genérica del Planeta de los simios (R)evolución, lo es. Pero también son esas vagas razones las que posibilitan seguir enfermos por “el arte de mostrar” daneysiano que hoy, tal vez más que nunca, amplía nuestro modo de estar en este mundo. Y nos gusta vivir en él.
Fernando Pujato.

